La gitana vieja.—Porque ya es tiempo de que la chabí pierda su lacha[99] y tenga un ro. Lo mejor que puedes hacer es tomarla por romí, mi caloró de Londres.
Yo.—Soy extranjero en estas tierras, oh madre de los gitanos, y apenas puedo ganar para mí, menos aún para una romí.
La gitana.—No necesita que nadie la mantenga, mi caloró de Londres; siempre que quiera puede ganar para ella y su ro. Sabe hokkawar, decir bají, y pocos la igualan en robar a pastesas[100]. Una vez en Madrilati, adonde, según me han dicho, vas tú, ganaría mucho dinero; debes llevarla allá, porque en estos foros está nahí[101], no se puede ganar nada; pero en los foros baró[102] sería otra cosa: iría vestida de lachipe[103] y sonacai[104], y tú tendrías un buen gra negro para montar; después de ganar mucho dinero podríais volver aquí y vivir como Crallis y todo el Errate de Chim del Manró doblaría ante vosotros la cabeza. ¿Qué dices, mi caloró de Londres, qué dices de este plan?
Yo.—Me parece muy acertado, madre; al menos, no faltarán gentes que lo encuentren tal; pero yo soy de otro chim, ya lo sabes, y no me siento inclinado a pasar toda mi vida en este país.
La gitana.—Entonces vuelve a tu tierra, Caloró mío, la chabí puede cruzar el pañí[105]. ¿No puede hacer negocio en Londres con los otros Caloré? ¿Y por qué no os vais a la tierra de los Corahai? En tal caso, yo os acompañaría; yo y mi hija, la madre de la chabí.
Yo.—¿Y qué íbamos a hacer en la tierra de los Corahai? Creo que es un país pobre y salvaje.
La gitana.—¡El Caloró de Londres me pregunta lo que íbamos a hacer en la tierra de los Corahai! ¡Aromali![106]. Empiezo a creer que estoy hablando con un lilipendi[107]. ¿Es que no hay allí caballos para chore? Sí, los hay, y mejores que los de esta tierra, y asnos y mulas. En la tierra de los Corahai puedes hokkawar y chore tanto como aquí o en tu tierra, o no eres Caloró. ¿No podéis uniros a la gente negra que vive en los despoblados? Sí que podéis, y muy contentos que se pondrían teniendo con ellos unos Errate de España y de Londres. Tengo setenta años, pero no quiero morirme en este Chim, sino allá lejos, donde duermen mis dos roms. Llévate a la chabí a Madrilati a ganar el parné, y cuando lo hayáis ganado, vuelve aquí y daremos un banquete a todos los Busné de Mérida y les echaré drao en la comida y reventarán como perros... En cuanto hayan comido, los dejaremos, para ir a la tierra del Moro, mi Caloró de Londres.
Durante todo el tiempo que estuve en Mérida, no me moví de casa de las gitanas, ateniéndome al parecer de Antonio, que me aconsejó esa conducta como la más conveniente. El tiempo se me hacía un poco pesado, pues mi única diversión era conversar con las mujeres, y con Antonio cuando volvía por la noche. En estas tertulias, la abuela era la oradora principal, y me llenaba de asombro narrándome maravillosas historias de la tierra del moro, fugas de presidio, robos y una o dos aventuras de envenenamiento, en las que se había visto complicada, según me dijo, en su primera juventud.
Había, a veces, en sus ademanes y modales algo muy singular; en más de una ocasión observé que, en lo más animado de su charla, se callaba de pronto, quedábase mirando fijamente al espacio, y extendía las manos como si quisiera rechazar a un ser invisible; girábanle horriblemente los ojos en las órbitas, y una vez cayó de espaldas, con fuertes convulsiones, sin que su hija y su nieta hicieran gran caso de ello, limitándose a decir que estaba lilí y que pronto volvería en su acuerdo.
Al anochecer del tercer día, cuando las tres mujeres y yo estábamos sentados en torno del brasero conversando según costumbre, entró en la habitación un tipo de miserable aspecto, envuelto en una capa mugrienta. Fué derecho al sitio donde estábamos, sacó un cigarro de papel, lo encendió en las ascuas, y, después de tirarle un par de chupadas, me miró, y dijo: