Crucé la bahía para ir de La Coruña a El Ferrol. Antonio, con el caballo que nos quedaba, fué por tierra, viaje fatigoso y largo, bien que por mar sólo haya tres leguas. Me mareé mucho en la travesía, y tuve que ir echado, casi sin sentido, en el fondo de la pequeña lancha en que me embarqué, abarrotada de gente. El viento era contrario y la marejada muy fuerte. No pudimos izar la vela; cinco o seis marinerotes nos llevaron a remo, y en todo el tiempo no cesaron de cantar canciones gallegas. De pronto, el mar pareció serenarse y el mareo se me quitó de golpe. Me puse en pie y miré en torno. Estábamos en uno de los parajes más raros que pueden imaginarse: era un largo y angosto pasadizo, dominado en ambas márgenes por una estupenda barrera de rocas negras y amenazadoras. Esa hendidura natural de la línea de la costa es tan regular y tan recta, que no parece obra del azar, sino hecha a propósito. Las aguas, sombrías y quietas, son de inmensa profundidad. El paso tendrá una milla de largo, y es la entrada de un ancho fondeadero, en cuyo extremo opuesto se alza la ciudad de El Ferrol.

Apenas entré en esta ciudad se apoderó de mi alma la tristeza. La hierba crecía en las calles; por todas partes me daban en cara las huellas de la miseria. El Ferrol es el gran arsenal marítimo de España, y participa en la ruina de la en otro tiempo espléndida marina española. Ya no pululan en él aquellos millares de carpinteros de ribera que construían las largas fragatas y los tremendos navíos de tres puentes, destruídos casi todos en Trafalgar. Tan sólo unos pocos obreros mal pagados y medio hambrientos desperdician allí las horas, y apenas sirven para reparar tal cual guardacostas desmantelado por los tiros de alguna goleta inglesa contrabandista de Gibraltar. La mitad de los habitantes de El Ferrol pide limosna; y dícese que no es raro encontrar entre ellos oficiales de marina retirados, muchos de ellos inválidos, a quienes se deja perecer en la indigencia, ya que, por la penuria de los tiempos, cobran sus sueldos y pensiones con tres o cuatro años de retraso. Una turba de pordioseros importunos me siguió hasta la posada y aún intentó penetrar en mi habitación.

—¿Quién es usted?—pregunté a una mujer postrada a mis plantas, que conservaba en el rostro huellas evidentes de un pasado mejor.

—Soy la viuda—me respondió en muy buen francés—de un valeroso oficial que fué en otros tiempos almirante de este puerto.

En ninguna parte se manifiestan la miseria y la decadencia de la moderna España con tanta fuerza como en El Ferrol.

Con todo, hay aquí todavía mucho que admirar. A pesar de su desolación actual, hay en El Ferrol algunas calles buenas y no pocas casas muy hermosas. La alameda es una plantación de un millar de olmos próximamente, casi todos magníficos; los pobres ferrolanos, con el genuino espíritu localista tan dominante en España, se jactan de que su ciudad posee un paseo público mejor que el de Madrid, y al compararle con el Prado hablan de éste con no disimulado desprecio. En un extremo de la alameda se levanta la única iglesia que hay en El Ferrol; la visité al día siguiente de mi llegada, que fué domingo. Los fieles, aldeanos casi todos, no cabían en ella, y con la cabeza descubierta permanecían de hinojos delante de la puerta, ocupando buen trecho del paseo.

Paralelo a la alameda corre el muro del arsenal y del astillero. Varias horas gasté en la visita de esos lugares, provisto del indispensable permiso escrito del capitán general de El Ferrol; al visitarlos quedé lleno de admiración. Yo he visto los reales astilleros de Rusia y de Inglaterra; pero, en cuanto a la grandeza del plan y a la suntuosidad de la ejecución, no pueden ni por un momento compararse con estos maravillosos monumentos del extinguido esplendor naval de España. No me propongo describirlos; baste decir que el fondeadero oval, rodeado de un muelle de granito, tiene capacidad bastante para cien navíos de primer orden; pero en lugar de tal fuerza sólo había allí una fragata de sesenta cañones y dos bergantines; a tan insignificante número de barcos se halla reducida actualmente la marina de España.

Dos o tres días llevaba yo en El Ferrol aguardando a Antonio, y no acababa de llegar; al fin, según estaba yo al caer de una tarde avizorando la calle, le vi venir, llevando por el diestro a nuestro único caballo. Me contó que a unas tres leguas de La Coruña, el caballo, agobiado por el calor y por las moscas, se había caído al suelo con una especie de ataque, del que sólo había vuelto a fuerza de copiosas sangrías, razón por la que tuvo que detenerse un día más en el camino. El caballo estaba, en efecto, muy débil; tenía un estertor que al principio me alarmó; pero le administré unas medicinas, y a los pocos días me pareció bastante restablecido para continuar el viaje.

Partimos, por tanto, de El Ferrol, después de alquilar una jaca para mí y de ajustar un guía que nos llevase a Ribadeo, a veinte leguas de El Ferrol, en los confines de las Asturias. El día, al principio, estuvo despejado; pero antes de llegar a Novales, a tres leguas de camino, se obscureció el cielo y cayó la niebla, acompañada de llovizna. El país que atravesábamos era muy pintoresco. A eso de las dos de la tarde divisamos entre la niebla, a nuestra izquierda, Santa Marta, pequeña ciudad de pescadores, con una hermosa bahía. Siguiendo a lo largo de la cima de una cadena de montañas entramos en un castañar que parecía inacabable; la lluvia continuaba, repicando sin cesar en las anchas hojas verdes.

—Ya empiezan las lluvias del otoño—dijo el guía—. Mucho se van ustedes a mojar, mis amos, antes de llegar a Oviedo.