—¿Ha estado usted alguna vez en Oviedo?—pregunté.
—No; sólo he llegado hasta Ribadeo, y para eso nada más que una vez. Hablando con franqueza, no sé cómo nos arreglaremos al llegar a los descampados que hay aquí cerca; de noche, y con lluvia, será muy difícil encontrar el camino. Quisiera estar ya de vuelta en El Ferrol, porque este camino, el peor de Galicia por muchas razones, no me gusta; pero donde va la jaca de mi amo allí tengo yo que ir también: tal es la vida para nosotros los guías.
Me encogí de hombros al recibir esas noticias, poco agradables en verdad, y di la callada por respuesta.
Por fin, al cerrar la noche, salimos del bosque, y a poco descendimos a un profundo valle, al pie de elevadas montañas.
—¿Dónde estamos ahora?—pregunté al guía, a punto que, en el fondo del valle, salvábamos por un tosco puente un arroyuelo ruidoso y espumante, engrosado por las lluvias.
—En el valle de Coisa Doiro—replicó—; mi opinión es que pasemos aquí la noche para no aventurarnos en los montes por donde pasa el camino de Viveiro, porque entrar en ellos y perdernos va a ser todo uno, y entonces ¡adiós!, morimos todos.
—¿Hay algún pueblo por aquí cerca?
—Sí, señor; el pueblo está enfrente de nosotros, y dentro de un instante llegaremos a él.
A poco entramos en una aldea que se alzaba, entre árboles altísimos, a la entrada del desfiladero.
Antonio se apeó, entró en dos o tres chozas y volvió en seguida, diciendo: