—El mal que me habéis causado no tiene mucha importancia, Godfrey, y ya está reparado; habéis sido bueno conmigo durante quince años. Es para con otra que sois culpable, y temo que vuestras faltas para con ella no puedan ser nunca borradas por completo.
—Pero nada nos impide adoptar a Eppie ahora—dijo Godfrey—. Ahora me importa poco que se sepa todo. Seré franco y sincero el resto de mi vida.
—Su presencia en casa no será ya lo que hubiera sido, ahora que Eppie es grande—dijo Nancy meneando tristemente la cabeza—. Pero tenéis el deber de reconocerla y de asegurar su suerte. Yo también cumpliré el deber para con ella y rogaré a Dios para conseguir que me quiera.
—Entonces, los dos iremos a casa de Silas Marner esta misma tarde, cuando todo esté ya tranquilo en las Canteras.
XIX
Aquella noche, entre las ocho y las nueve, Eppie y Silas estaban sentados solos en su choza. Después de la gran sobreexcitación causada al tejedor por los sucesos de la tarde, había deseado vivamente aquella tranquilidad y hasta les había rogado a la señora Winthrop y a Aarón, que se habían quedado allí, naturalmente, cuando todos se marcharon, que lo dejaran solo con su hija. Aquella sobreexcitación no se había disipado todavía. No había hecho más que alcanzar ese grado en que la sensibilidad se vuelve tan delicada que hace intolerable todo estimulante exterior; ese grado en que no se siente fatiga sino más bien una intensidad de vida interior, bajo el imperio de la cual es imposible conciliar el sueño. Todo el que haya observado tales momentos en otras personas, recuerda el brillo de su mirada y la nitidez extraña que se esparce hasta sobre las facciones groseras a causa de esa influencia pasajera. Es algo como si gracias a una nueva sutileza del oído, capaz de percibir todas las voces espirituales, vibraciones de efectos maravillosos hubieran atravesado la pesada armazón mortal, como si la «belleza nacida del murmullo de los sonidos» hubiera pasado por la fisonomía del que los escucha.
El rostro de Silas anunciaba esa especie de transfiguración cuando al quedar solos se puso a mirar a Eppie, sentado en su sillón. La joven había acercado su silla cerca de las rodillas de Marner y se había inclinado hacia adelante teniendo ambas manos de su padre adoptivo entre las suyas y con los ojos alzados hacia él. Próximo a ellos, en la mesa, iluminada por una vela, se encontraba el oro recobrado, el oro tanto tiempo amado, dispuesto en pilas regulares, como Silas tenía costumbre de ponerlo en los días en que aquel metal era su única alegría. Acababa de mostrarle a Eppie cómo tenía la costumbre de contarlo todas las noches y cuál había sido la desolación extrema de su alma hasta que su hija le fue enviada.
—En un principio—le decía en voz baja—tenía de tiempo en tiempo como el presentimiento de que vos podríais tomar la forma de mi oro; porque adondequiera que volviera la cabeza me parecía ver mi tesoro, y pensaba que me sentiría feliz si pudiera tocarlo y convencerme de que había vuelto. Pero esto no duró. Al cabo de poco tiempo hubiera pensado que me había herido una nueva maldición, si el oro os hubiera alejado de mí. Había llegado a tanto la necesidad de vuestras miradas, de vuestra voz y del tacto de vuestros pequeños dedos. Vos no sabíais cuando erais muy pequeña, vos no sabíais lo que vuestro viejo padre Silas sentía por vos.
—Pero ahora lo sé, padre mío—dijo Eppie—. Si no hubiera sido por vos me hubieran llevado al asilo de los pobres y no hubiera habido nadie que me quisiera.
—¡Ah! querida mía, la bendición ha sido para mí. Si vos no me hubierais sido enviada para salvarme, hubiera descendido a la tumba con mi miseria. El dinero me fue quitado a tiempo, y ya veis que ha sido conservado, hasta que lo necesitáramos para vos. Es maravilloso... nuestra vida es maravillosa.