Silas permaneció sentado, en silencio, contemplando durante algunos instantes el tesoro.

—Ahora ya no me seduce—dijo con aire pensativo—; no, ciertamente que no. Me pregunto si volvería a tener ese poder en el caso, Eppie, en que os perdiera, y lo dudo. Pero podría ser inducido a creer que ha sido de nuevo abandonado y a perder el sentimiento de que Dios ha sido bueno para conmigo.

En aquel instante golpearon a la puerta y Eppie se vio obligada a levantarse sin responderle a Silas. ¡Qué bella parecía! Lágrimas de ternura le llenaban los ojos y un ligero sonrojo teñía sus mejillas cuando se adelantó para abrir. Aquel sonrojo se hizo más intenso al ver al señor Godfrey Cass y a su señora. Hizo su ligera reverencia rústica y abrió del todo la puerta para dejarlos pasar.

—Os venimos a molestar muy tarde, querida—dijo la señora Cass, tomando la mano de Eppie, mirándole el rostro con expresión admirativa y de vivo interés.

La misma Nancy estaba pálida y trémula.

Eppie, después de haber acercado sillas para el señor Cass y su señora, fue a ponerse de pie junto a Silas y frente a ellos.

—¿Qué tal, Marner?—dijo Godfrey, tratando de hablar con plena seguridad—, es para mí un gran consuelo al volveros a ver en posesión del dinero de que bebíais sido privado hace tantos años. Fue un miembro de mi familia el que os causó ese daño; eso agrava mi pesar y me siento obligado a repararlo por todos los medios de que dispongo. Todo lo que haga por vos no será más que saldar una deuda, aun cuando sólo considerara el robo. Pero hay otras cosas, Marner, por las que estoy y estaré siempre grato.

Godfrey se detuvo. El y su mujer habían convenido que el asunto de la paternidad no sería abordado sino con mucha prudencia y si era posible que la revelación quedara reservada para más tarde, de manera de no hacérsela más que gradualmente a Eppie. Nancy había insistido respecto a ese punto, porque presentía vivamente el aspecto doloroso bajo el cual la joven no dejaría de considerar las relaciones que habían existido entre su padre y su madre.

Silas, siempre cohibido cuando le dirigían la palabra «superiores» tales como el señor Cass—hombres grandes, poderosos, de tez fuertemente encendida y que se veían sobre todo a caballo—, respondió con alguna dificultad:

—Señor, tengo que agradeceros ya muchas cosas. En cuanto al robo, no lo considero como una pérdida para mí. Y, si lo hiciera, vos no tendríais nada que ver en ello: vos no tenéis responsabilidad alguna.