—La verdad, mi padre, es que no sé—respondió Godfrey con vacilación.

Era aquél un débil subterfugio, pero a Godfrey no le gustaba mentir, y como sabía que ninguna duplicidad puede prosperar mucho tiempo sin la ayuda de palabras falsas, no tenía a su disposición ningún efugio imaginado de antemano.

—¿Que no lo sabéis? Yo voy a deciros por qué ha sido, señor. Habéis hecho de la vuestra, y para eso comprasteis su silencio—dijo el squire con una penetración brusca.

Godfrey se estremeció. Sintió que su corazón palpitaba con violencia al ver que su padre casi había adivinado. Esta alarma repentina le impulsó a hacer un paso más, una impulsión muy ligera basta para eso cuando se está en un plano inclinado.

—Pues bien, sí, mi padre—prosiguió; y trataba de hablar en tono fácil y despreocupado—; había un pequeño asunto entre Dunsey y yo; no tiene ninguna importancia más que para él y para mí. No vale la pena de mezclarse en las locuras de los jóvenes... eso no os hubiera perjudicado en nada, mi padre, y yo no hubiese tenido la mala suerte de perder a Relámpago. Hoy os hubiera entregado el dinero.

—¡Locuras! ¡Bah! Sería tiempo que acabaran las vuestras. Quisiera convenceros, señor, de que es preciso realmente ponerles término—dijo el squire frunciendo las cejas y lanzándole a su hijo una mirada irritada—. Vuestras proezas no son tales que me permiten conseguir dinero. Mirad, mi abuelo tenía sus caballerizas llenas de caballos; su mesa era también una buena mesa—y en tiempos peores que el nuestro—, a lo que yo sé al menos. Yo podría hacer otro tanto si no tuviera cuatro ganapanes que se me prenden como sanguijuelas. Yo he sido un padre demasiado bueno para con todos vosotros, eso es lo que hay. Pero en adelante voy a tener las riendas cortas.

Godfrey permaneció silencioso. No es probable que fuera muy penetrante en sus juicios; sin embargo, siempre había comprendido que la indulgencia de su padre no era bondad, y había suspirado vagamente por alguna disciplina que dominara su debilidad vagabunda y secundar sus mejores intenciones. El squire comió el pan y la carne rápidamente, bebió un buen sorbo de cerveza, y luego, volviendo la espalda a la mesa, prosiguió:

—Será tanto peor para vos, sabedlo; más os valiera que tratarais de ayudarme y conservar lo que tenemos.

—Pues bien, mi padre, a menudo me he ofrecido para tomar la gestión de los negocios, pero vos sabéis que siempre interpretasteis mal esto, y que parecisteis creer que deseaba suplantaros.

—No me acuerdo de vuestros ofrecimientos ni de haberlos interpretado mal—dijo el squire, cuyos recuerdos consistían en ciertas impresiones vivas que los detalles no habían modificado—; lo que yo sé es que en cierta época pareció que pensabais en casaros, y yo no traté de cerraros el camino como algunos padres lo habrían hecho. No me agradaría más veros casar con la hija de Lammeter que con cualquier otra. Supongo que si os hubiera dicho no, hubierais persistido en vuestra intención; a falta de contradicción habéis cambiado de parecer. Sois como una veleta; heredasteis de vuestra pobre madre. Jamás tuvo carácter. Es verdad que eso no le hace falta a una mujer si su marido es un hombre como debe ser, pero esa cualidad le sería muy necesaria a la vuestra, porque apenas tenéis la voluntad necesaria para hacer caminar a las dos piernas en la misma dirección. Esa joven no ha dicho definitivamente que no os aceptaba, ¿verdad?