—Ved, papaíto, que puedo cargar muy bien ésta—agregó dando algunos pasos con mucha firmeza, pero dejando en seguida caer la piedra.
—¡Ah! qué forzuda sois, ¿eh?—repuso Silas, mientras que Eppie, a quien los brazos le dolían, los sacudía riendo—. Vamos, vamos, no volváis a alzar piedras y venid a sentaros conmigo junto al barranco. Podríais lastimaros, hija mía. Necesitaríais de alguien que trabajara por vos, y mi brazo no es ya bastante vigoroso.
Silas pronunció esta última frase lentamente, como si ella implicara otra cosa que lo que iba a herir el oído. Cuando estuvieron sentados, Eppie se arrimó contra su padre y tomándole con ternura el brazo que ya no era muy vigoroso lo mantuvo sobre sus rodillas mientras que Silas fumaba su pipa concienzudamente, lo que le ocupaba el otro brazo. Tras de Marner y su hija, un fresno de la cerca formaba una pantalla recortada que los protegía contra los rayos del sol y proyectaba sombras felices y alegres alrededor de ellos.
—Papá—dijo Eppie muy dulcemente, después que hubieron quedado silenciosos un instante—, si yo llegara a casarme, ¿me pondrían la sortija de mi madre?
Silas se estremeció de un modo casi imperceptible, bien que la pregunta estuviera conforme con la corriente secreta de sus pensamientos en aquel momento.
Entonces dijo bajando la voz:
—¿Cuándo se os ocurrió, Eppie, esa idea?
—Solamente la semana pasada, papá—dijo Eppie ingenuamente—, cuando Aarón me habló de eso.
—¿Y qué fue lo que os dijo?—agregó Silas bajando siempre la voz, como si temiera decir la menor palabra que no fuera para el bien de Eppie.
—Me dijo que desearía casarse, porque va a cumplir veinticinco años y tiene mucho trabajo en los jardines desde que el señor Mott se ha retirado. Va regularmente dos veces por semana a casa del señor Gass, una vez a casa del señor Osgood y van a tomarlo también en el presbiterio.