—Pero, querida hija mía—dijo Silas dejando su pipa a un lado, como si fuera inútil el seguir fingiendo que fumaba—, sois demasiado joven para casaros. Le preguntaremos a la señora de Winthrop, le preguntaremos a la madre de Aarón qué es lo qué piensa ella. Si hay un buen camino que seguir, ella lo encontrará. Sin embargo, hay que pensar en esto, Eppie; las cosas cambian necesariamente, que lo queramos o no; no persistirán mucho tiempo en el estado en que las vemos hoy sin sufrir modificación. Me volveré más viejo y más débil y probablemente seré una carga para vos, si no os dejo por completo. No quiero decir que vos pudierais llegar a considerarme como una carga algún día; yo sé bien que no, pero sería un grave peso para vos. Cuando pienso en eso me agrada suponer que contaréis con otra persona que yo, algo joven y fuerte que me sobreviva y cuidaría de vos hasta el fin.
Silas hizo una pausa y colocando las manos sobre las rodillas las alzó y bajó alternativamente, fijando la mirada en el suelo.
—Entonces, ¿os agradaría verme casada, papá?—dijo Eppie con la voz algo trémula.
—Yo no soy un hombre capaz de decir que no, hija mía—respondió Silas con acento enérgico—. Pero se lo preguntaremos a vuestra madrina. Ella deseará vuestro bien y el de su hijo.
—Ahí vienen, precisamente—dijo—. Vamos a recibirlos. ¡Oh, la pipa! ¿no querréis volver a encontrarla, papá?—agregó la joven recogiendo del suelo aquel aparato medicinal.
—No, querida mía—respondió Silas—. Basta por hoy. Me parece que fumar poco a la vez me sienta mejor que fumar mucho.
XVII
Mientras que Silas y Eppie estaban sentados en el banco de césped conversando a la sombra recortada de una encina, la señorita Priscila Lammeter se resistía a aceptar los argumentos de su hermana. Esta pretendía que valdría más tomar el té en la Casa Roja y dejar que durmiera una buena siesta el señor Lammeter, que partía para las Gazaperas con el cabriolé así que terminara la comida. Los miembros de la familia—cuatro personas solamente—estaban sentados alrededor de la mesa, en el salón de sombrío artesonado. Tenían por delante el postre del domingo, compuesto de avellanas verdes, de manzanas y peras, bien adornadas de hojas por la mano de Nancy, antes de que las campanas de la iglesia llamaran al oficio.
Un gran cambio había tenido lugar en aquel salón de sombríos artesonados desde que lo vimos en el tiempo en que Godfrey era soltero, y que el viejo squire reinaba viudo. Hoy todo reluce en él y no se deja que el menor polvo de la víspera empañe ningún objeto, desde la franja de mosaico de encina que rodea la alfombra, hasta el fusil, los látigos y los bastones del viejo squire, escalonados en las astas del ciervo encima de las campanas de la chimenea. Todos los otros atributos de sport y de ocupaciones exteriores habían sido relegados por Nancy a otra pieza. Pero había traído a la Casa Roja el hábito de la veneración filial y conservado religiosamente en un sitio de honor aquellas reliquias del difunto padre de su marido. Las copas de plata siguen siempre sobre el aparador, pero su metal repujado no está empañado por el tacto y no hay en su fondo residuos que afecten el olfato; el único olor predominante es el del espliego y el de las hojas de rosas que llenan los vasos de alabastro inglés. Todo respira pureza y orden en aquella pieza, antes triste, porque un nuevo espíritu tutelar entró en ella hace quince años.
—Bueno, papá—dijo Nancy—, ¿es en verdad necesario que os volváis a tomar el té a vuestra casa? ¿No podríais quedaros con nosotros en una tarde que parece va a ser tan hermosa?