El viejo señor Lammeter acababa de hablar con Godfrey del impuesto creciente para los pobres y de la ominosa época actual, de modo que no había oído la conversación de sus hijas.

—Hija mía, preguntadle eso a Priscila—dijo con la voz firme de antaño, pero ahora algo quebrada—. Ella dirige la granja y a su padre.

—Tengo buenas razones para dirigiros, papá, porque de otro modo os mataríais atrapando reumatismos. Y por lo que hace a la granja, si algo no marcha bien—lo que no es posible evitar en los tiempos en que vivimos—, nada mata más ligero a un hombre que el no tener a quien dirigir reproches como no sea a sí mismo. La mejor manera de ser amo es hacer dar la orden por otros y reservarse el derecho de censurar. Más de una persona se evitaría un ataque procediendo así; esta es mi opinión.

—Bueno, bueno, querida—dijo el padre riendo tranquilamente—; yo no he dicho que no dirigierais para bien de todos.

—Entonces, Priscila, dirigid de modo que os quedéis a tomar el té—dijo Nancy posando afectuosamente la mano sobre el brazo de su hermana—. Ahora venid, vamos a dar una vuelta por el jardín, mientras papá echa su siesta.

—Mi querida hermana, hará un sueño espléndido en el cabriolé, como que soy yo quien guiará. En cuanto a que nos quedemos a tomar el té, no puedo oí hablar de eso, porque la muchacha lechera, que se va a casar para el día de San Miguel, lo mismo derramaría la leche fresca en la batea de los cerdos que en los lebrillos. Así son todas; se imaginan que el mundo va a ser hecho de nuevo porque ellas tengan marido. Bueno, voy a ponerme el sombrero y podremos dar una vuelta por el jardín mientras atan el caballo.

Cuando las dos hermanas se pusieron a recorrer los senderos del jardín prolijamente limpios, rodeados de céspedes cuyo verde claro contrastaba agradablemente con el tinte sombrío de las pirámides y de las bóvedas y con el de los cercos de boj que se elevaban como murallas de verdura, Priscila dijo:

—Estoy muy contenta con que vuestro marido haya hecho esa permuta de terreno con el primo Osgood y que comience a ocuparse en una lechería. Es una gran lástima que no lo hayáis hecho antes. Así tendréis algo en que ocupar el espíritu. Cuando las personas quieren hacer algo, no hay nada como una lechería para pasar el tiempo. En efecto, si se trata de limpiar los muebles, pronto se acaba. Una vez que podéis miraros en una mesa como en un espejo, no hay nada más que hacer; pero en una lechería siempre hay alguna ocupación nueva, y además, hasta en el rigor del invierno se siente cierto placer en vencer a la mantequilla y obligarla a formarse, quieras que no. Mi querida—agregó Priscila, estrechando afectuosamente la mano de su hermana, yendo la una junto a la otra—, nunca estaréis triste cuando tengáis una lechería.

—¡Ah! Priscila.—dijo Nancy devolviéndole el apretón de manos y dirigiéndole una mirada agradecida de sus ojos límpidos—, eso no será una compensación para Godfrey; una lechería es poca cosa para un hombre; yo estaría contenta con lo que tenemos si él lo estuviera también.

—Me ponen fuera de mí estos hombres con su manera de proceder—dijo Priscila impetuosamente—; siempre y siempre están deseando algo y nunca están contentos con lo que tienen. Son incapaces de quedarse quietos en su silla cuando no tienen dolores ni disgustos; es preciso que se encajen una pipa en la boca para aumentar su bienestar, o que beban algo muy fuerte, aunque tengan que apurarse antes que llegue el momento de la comida. Y si a Dios le hubiera complacido haceros fea como a mí, de modo que los hombres no os hubieran andado detrás, nos hubiéramos podido limitar a nuestra familia sin tener que habérnoslas con esos señores que tienen sangre turbulenta en las venas.