—¡Oh! no habléis así, Priscila—dijo Nancy, arrepintiéndose de haber provocado aquella explosión—; nadie tiene motivos para censurar a Godfrey. Es natural que lo disguste no tener hijos, porque a los hombres agrada tener hijos por quienes trabajan y ahorran y siempre había contado jugar con los suyos mientras fueran pequeños. Muchos otros en su lugar se lamentarían más que él. Es el mejor de los maridos.

—¡Oh! ya conozco—dijo Priscila con una sonrisa sarcástica—esa manera de ser de las mujeres casadas; os incitan a hablar mal de sus maridos y luego se vuelven contra vos y os hacen el elogio de esos señores, como si los tuvieran para vender. Pero papá debe estarnos esperando; volvámonos.

El gran cabriolé, tirado por el viejo y tranquilo caballo gris, estaba estacionado delante de la puerta de entrada, y el señor Lammeter estaba ya en el vestíbulo recordándole a Godfrey las buenas cualidades de Tordillo, en la época en que su amo lo montaba.

—A mí me ha gustado siempre tener un buen caballo—decía el viejo señor, no gustándole que la época de su juventud fogosa se borrara por completo de los más jóvenes que él.

—No os olvidéis de llevar a Nancy a las Gazaperas, antes del fin de la semana, señor Cass—fue la última recomendación que hizo Priscila en el momento de la partida, mientras que tomaba las riendas y las sacudía ligeramente, manera amistosa de incitar a Tordillo.

—Voy a dar una vuelta por los prados, cerca de las Canteras, Nancy, para ver cómo va el drenaje—dijo Godfrey.

—¿Estaréis de vuelta para el té, amigo mío?

—¡Oh! sí, estaré de vuelta dentro de una hora.

Era costumbre de Godfrey ocupar la tarde del domingo en un paseo de agricultura contemplativa. Nancy lo acompañaba raras veces, porque las mujeres de su generación, a menos que se pusieran a dirigir las relaciones exteriores, como Priscila, no tenían la costumbre de pasear fuera de su casa y de su jardín. Encontraban un ejercicio suficiente en sus ocupaciones domésticas. De modo que cuando estaba sola, Nancy se sentaba generalmente con la Biblia de Mant por delante y, después de haber seguido con la vista el texto algunos momentos, dejaba vagar poco a poco sus pensamientos en la imposibilidad de concentrarlos.

Sin embargo, el domingo esos pensamientos estaban casi siempre en armonía con el fin piadoso y reverente que el libro abierto hacía suponer implícitamente.