Nancy no era lo bastante instruida en teología para discernir claramente las relaciones que existían entre su vida sencilla y obscura y los documentos sagrados de los primeros tiempos, que consultaba sin método. Pero el espíritu de rectitud y la convicción de que era responsable de los efectos de su conducta en los demás, que eran los elementos poderosos de su carácter, le habían hecho contraer el hábito de escrutar los sentimientos y las acciones de su pasado con los cuidados minuciosos de un examen de conciencia. Como su espíritu no era solicitado por una gran variedad de temas, llenaba los momentos de intervalo reviviendo sin cesar interiormente todos los hechos de su existencia que le volvían a la memoria, como aquellos, sobre todo, de los quince años transcurridos desde su casamiento y durante los cuales la vida y su fin se habían duplicado ante sus ojos. Recordando los pequeños detalles, las frases, los tonos de la voz y las miradas en las escenas críticas que le habían abierto una era nueva, sea dándole un conocimiento más profundo de las resoluciones y de las pruebas de este mundo, sea invitándola a algún pequeño esfuerzo de indulgencia o de adhesión penoso a un deber imaginario o real, ella se preguntaba continuamente si había sido censurable en algo. Este exceso de reflexión y este examen de conciencia exagerado son quizá una costumbre mórbida, inevitable en un espíritu de una gran sensibilidad moral, privado de su fuente legítima de actividad exterior y no pudiendo entregarse a los cuidados maternales reclamados por su afecto, inevitable en una mujer de noble corazón cuando no tiene hijos y su condición es muy limitada. «Puedo hacer tan poco; ¿lo habré hecho enteramente bien?» Tal era el pensamiento que volvía perpetuamente. Ninguna voz viene a distraer a aquella mujer de su soliloquio, ni ninguna exigencia absoluta puede mitigar la intensidad de sus vanos pesares y de sus escrúpulos superfluos.
Había en la vida matrimonial de Nancy una sucesión importante de experimentos dolorosos a la que se vinculaban ciertas escenas que la habían impresionado profundamente y que su memoria hacía revivir con más frecuencia que las otras.
El corto diálogo de Nancy con su hermana en el jardín, la tarde de aquel domingo, había llevado a su espíritu hacia dirección que tornaba con frecuencia. Así que sus pensamientos se hubieron alejado del texto sagrado que se esforzaba en seguir religiosamente con la mirada y con los labios silenciosos, fue para agrandar el sistema de defensa establecido por ella contra la censura que las palabras de Priscila implicaban. La justificación del objeto amado es el mejor bálsamo que el afecto pueda encontrar para sus propias heridas: «¡Un hombre tiene que tener tantas cosas en la cabeza!» He aquí la creencia que le permite a una mujer conservar a menudo una fisonomía alegre, a pesar de las respuestas bruscas y de las palabras crueles de su marido. Y las heridas más profundas de Nancy procedían todas de la convicción de que Godfrey consideraba la ausencia de hijos en su hogar como una privación a la que no podía acostumbrarse.
Sin embargo, era de imaginar que la dulce Nancy sentiría más vivamente que él todavía la negativa de un bien con que se había contado, entregándose a las esperanzas diversas y a los preparativos a la vez solemnes, graciosos y fútiles de una mujer afectuosa cuando espera que va a ser madre. ¿No había acaso un cajón relleno de objetos—trabajo delicado de sus manos—que no habían sido nunca usados ni tocados, exactamente en el mismo orden en que ella los había colocado catorce años antes, exactamente, salvo que faltaba un vestidito, con el que se había hecho la mortaja? Pero Nancy había soportado sin quejas y con tanta firmeza aquella prueba que la afectaba directamente, que de pronto, y desde hacía muchos años había renunciado al hábito de mirar aquel cajón, por temor de halagar así el deseo de poseer lo que no le había sido dado.
Quizás era esa severidad misma con que reprimía todo abandono lo que Nancy consideraba en su corazón como un pesar culpable, lo que le impedía el mismo principio que era su ley moral. «Es muy diferente... es mucho más duro para un hombre el sentir ese disgusto; una mujer puede siempre ser feliz sacrificándose a su marido; pero un hombre necesita algo que lo haga llevar sus miradas al porvenir; porque, estar sentado junto al hogar es mucho más triste para él que para una mujer.» Siempre que Nancy llevaba a este punto sus reflexiones—esforzándose con simpatía preconcebida por ver todas las cosas como las veía Godfrey—, siempre se entregaba a un nuevo examen de conciencia. ¿Había hecho realmente todo lo que estaba en su poder para mitigarle aquella privación a Godfrey? Tenía realmente razón, seis años antes y de nuevo dos años después, para oponer aquella resistencia que le había costado a ella tantos dolores, aquella resistencia al deseo que tenía su marido de adoptar una criatura. La adopción chocaba más con las ideas y costumbres de aquellos tiempos que con las de los nuestros. Sin embargo, Nancy tenía su manera de ver a este respecto. Le era tan necesario el haberse formado una opinión sobre todos los asuntos no concernientes exclusivamente al hombre, como el asignar un lugar bien determinado a cada objeto que le era propio. Y esas opiniones eran siempre principios de acuerdo con los cuales procedía invariablemente. Aquéllas eran firmes, no a causa de sus fundamentos, sino porque ella los sostenía con una tenacidad inseparable de la actividad de su espíritu.
En lo que se refiere a todos los deberes y todas las prácticas de la vida, desde la conducta filial hasta los arreglos del traje de la tarde, la linda Nancy Lammeter, en la época en que cumplió los veintitrés años, poseía su código inimitable, y había formado cada uno de sus hábitos según ese código. Llevando en sí sus juicios definitivos con la mayor discreción posible, aquéllos se arraigaban en su espíritu y crecían en él tan tranquilamente como la hierba en las praderas.
Muchos años antes, como ya sabemos, insistía en vestirse como Priscila, porque «era razonable que dos hermanas se vistiesen del mismo modo», y que «haría una cosa justa si para eso se pusiera un vestido amarillo color queso». Ese es un ejemplo trivial, pero característico, de la manera cómo estaba reglamentada la vida de Nancy.
Uno de esos principios rígidos, y no un sentimiento mezquino de egoísmo, había sido el motivo de la resistencia obstinada que Nancy había opuesto al deseo de su marido. Recurrir a la adopción, porque les había sido negado el tener hijos, era tratar de elegir su suerte a pesar de la Providencia. La criatura adoptada, estaba convencida, nunca acabaría bien. Sería una causa de maldición para los rebeldes que hubieran buscado deliberadamente un bien que—en virtud de alguna suprema razón—era evidentemente mejor que no lo poseyeran. Si una cosa no debía existir, decía Nancy, era un deber estricto el renunciar hasta al deseo de conseguirla.
Y la verdad es que los hombres más sabios no sabrían expresar en mejores términos los principios de Nancy. Lo que hay solamente es que las condiciones que la inclinaban a considerar como manifiesta que una cosa no debía ser, dependía en ella de un modo muy particular de pensar. Hubiera renunciado a comprar algo en un sitio determinado, si tres veces seguidas la lluvia o cualquier otra causa enviada del cielo se hubiera opuesto a ello; y temido ver acaecerle la fractura de un miembro o algún otro gran infortunio a la persona que persistiera contra tales indicios.
—Pero, ¿qué es lo que os autoriza a pensar que la criatura acabaría mal?—le decía Godfrey, haciéndole objeciones—. Ha prosperado en casa del tejedor todo lo que una criatura puede prosperar, y él la ha adoptado. No hay otra niña en toda la aldea que sea más bonita ni que merezca más la suerte que queremos darle. ¿En qué se puede basar la probabilidad que sería una maldición para nadie?