—Sí, mi querido Godfrey—decía Nancy, sentada y con las manos estrechamente unidas, expresando su pesar con el ardiente afecto de su mirada—, es posible que la niña no acabe mal en casa del tejedor, pero él no fue a buscarla como nosotros lo haríamos. Sería mal hecho, lo comprendo, estoy cierta. ¿No recordáis lo que aquella dama que encontramos en las aguas de Royston nos ha dicho respecto de la criatura que su hermana adoptara? Es el único caso de adopción de que he oído hablar; la criatura fue deportada a los veintitrés años. Querido Godfrey, no me pidáis que consienta en lo que sé es malo; no volvería jamás a ser feliz. Comprendo que la cosa es muy penosa y que a mí me es más fácil soportarla; pero es la voluntad de la Providencia.
Podrá parecer singular que Nancy, con su teoría religiosa, formada pieza por pieza con tradiciones sociales estrechas, con fragmentos de doctrinas de la Iglesia imperfectamente comprendidas y con razonamientos infantiles basados en su propia experiencia hubiese llegado por sí sola a tener un modo de pensar tan parecido al de muchas personas piadosas, cuyas creencias son profesadas en la forma de un sistema que le era completamente desconocido. Eso podría parecer singular, en efecto, si no supiéramos que las creencias humanas, lo mismo que todos los desarrollos naturales, escapan a los límites de los sistemas.
Godfrey había designado primero a Eppie, que entonces tenía unos doce años, como una criatura que les convendría adoptar. No se le había ocurrido nunca que Silas preferiría perder la vida a separarse de su hija. Seguramente que el tejedor querría lo mejor para la niña porque se había dado tanto trabajo, y estaría contento de que una suerte tan grande le cayera a Eppie. Esta misma le quedaría siempre reconocida a su padre adoptivo y éste sería bien atendido hasta el fin de su vida, como lo merecía por su noble conducta para con la criatura.
¿No era una cosa bien hecha que gentes de un rango superior quitaran una pesada carga de las manos de un hombre de condición más humilde?
Aquello le parecía muy conveniente a Godfrey por razones que él solo conocía, y, siguiendo un error común, se imaginaba que aquella medida sería fácil de tomar porque tenía motivos particulares para desearlo. Era ésa una forma algo grosera de apreciar las relaciones que existían entre Silas y Eppie. Pero conviene recordar que muchas de las impresiones que Godfrey podía recoger respecto de la clase obrera de su vecindad, eran tales como para favorecer en él la opinión de que los afectos profundos no se armonizaban con las manos callosas y los débiles medios de la existencia del pueblo. Por otra parte, no había tenido ocasión—suponiendo que hubiera sido capaz de esto—de penetrar íntimamente todo lo que era excepcional en la vida del tejedor. Sólo una falta de información suficiente podía determinar a Godfrey a alimentar deliberadamente un proyecto tan bárbaro. Su bondad natural había sobrevivido a la época depresiva de sus crueles deseos, y el elogio que Nancy hacía de su marido no reposaba del todo en una ilusión voluntaria.
—He tenido razón—se decía cuando rememoraba todas las escenas de discusión—, comprendo que tuve razón en responderle que no, bien que eso me fuera lo más penoso; pero, ¡qué bien se ha comportado Godfrey a este respecto! Muchos maridos se hubieran enojado conmigo por haber resistido a sus deseos. Hubieran sido capaces de insinuar que habían tenido mala suerte al casarse conmigo. Godfrey, sin embargo, no ha sido capaz de dirigirme una palabra dura. Sólo demuestra su disgusto cuando no lo puede ocultar; todo le parece tan vacío, ya lo sé; y las tierras... qué cosa tan distinta sería para él cuando va a vigilar su explotación si hiciera todo eso pensando en los hijos que van creciendo. Sin embargo, yo no me puedo quejar; quizás si se hubiera casado con otra mujer que le hubiera dado hijos le habría mortificado de otro modo.
La idea de esta posibilidad era el principal consuelo de Nancy. A fin de fortalecer esa idea se ingeniaba en tener por Godfrey una ternura más perfecta que la de que hubiera sido capaz cualquier otra esposa. Muy a pesar suyo se había visto obligada a afligirlo con la única negativa. Godfrey no permanecía insensible a los esfuerzos de aquel cariño, y no era injusto respecto a los motivos de la obstinación de Nancy. Era imposible que hubiera vivido con ella quince años, sin saber que los rasgos principales del carácter de su mujer eran un apego desinteresado a lo que es justo y una sinceridad pura como el rocío formado sobre las flores. En realidad, Godfrey sentía aquello con tanta mayor intensidad cuanto que su naturaleza indecisa, adversa a afrontar las dificultades por ser éstas francas y sinceras, tenía un cierto temor respetuoso por aquella dulce esposa que espiaba los deseos de su marido con el deseo ardiente de obedecerle. Le parecía que no le podría revelar jamás a Nancy la verdad concerniente a Eppie. Jamás se repondría de la repulsión que le causaría la historia de aquel primer matrimonio si se la revelaba ahora, después de haber guardado el secreto tanto tiempo.
Y la joven, pensaba Godfrey, sería un objeto de repulsión para ella; la sola presencia de Eppie le sería penosa. Y quizás hasta el golpe asestado a la altivez de Nancy—altivez mezclada con su ignorancia del mal del mundo—sería demasiado fuerte para su constitución delicada. Puesto que se había casado con ella teniendo un secreto en el corazón, era preciso que guardara ese secreto hasta el fin. Hiciera lo que hiciera, debía abstenerse de abrir un abismo infranqueable entre él y la mujer que amaba desde hacía tantos años.
Sin embargo, ¿por qué no podía acostumbrarse a ver sin hijos un hogar que tal esposa embellecía? ¿Por qué su espíritu dirigía su vuelo inquieto hacia ese vacío, como si fuera la única causa por la cual su vida no era completamente feliz? Supongo que lo mismo les ocurre a todos los hombres y a todas las mujeres que llegan a cierta edad sin darse cuenta clara de que la felicidad completa no puede existir en la vida.
En la vaga tristeza de las horas sombrías del crepúsculo, el hombre descontento busca un objeto definido y lo encuentra en la privación de un bien del que nunca ha gozado. El hombre descontento si está sentado, meditando en su hogar, piensa con envidia en el padre cuya vuelta es acogida con voces infantiles, y si está sentado a su mesa, alrededor de la cual las pequeñas cabezas se elevan las unas por encima de las otras como plantas de almácigos, ve una negra preocupación cernerse tras de cada una de ellas y piensa que las impulsiones que impelen a los hombres a abandonar su libertad y a buscar cadenas, no son seguramente otra cosa más que un acceso de locura. En lo que concierne a Godfrey, había otras razones, para que esos pensamientos fueran continuamente infortunados por aquella circunstancia particular, por aquel vacío de su destino.