Su conciencia, que no estaba nunca en completo reposo con respecto a Eppie, le hacía ver ahora su hogar sin hijos bajo el aspecto de una justa retribución. Y como el tiempo transcurría y Nancy se negaba siempre a adoptar a Eppie, toda reparación de la falta de Godfrey se volvía cada vez más difícil.
Hacía ya cuatro años la tarde de aquel domingo, que no se había hecho alusión alguna a la adopción, y Nancy suponía que aquel asunto estaba enterrado para siempre.
—Me pregunto si pensará más o menos en ello al envejecer—se decía Nancy—; tengo miedo de que piense más. Las personas de edad sufren con no tener hijos: ¿qué sería de mi padre sin Priscila? Y si muero yo, Godfrey quedaría muy solo... él, que frecuenta tan poco a sus hermanos. Pero no quiero atormentarme en exceso, ni tratar de prever los acontecimientos: es preciso que haga lo mejor que pueda en el presente.
Al asaltarla este último pensamiento, Nancy se despertó de su meditación y volvió la mirada hacia la página abandonada durante mucho más tiempo del que imaginaba; porque muy luego la sorprendió la entrada de la sirvienta que llevaba el té. En realidad, era algo más temprano que de costumbre; pero Juana tenía sus razones.
—¿El señor ha entrado ya al patio, Juana?
—No, señora, todavía no—respondió Juana, acentuando ligeramente su respuesta, sin que su señora reparara en ello—. No sé si lo habréis notado, señora—prosiguió Juana después de un corto silencio—; pero la gente pasa corriendo frente a la ventana de la calle y todos se dirigen hacia el mismo lado. Me parece que ha sucedido algo. No hay ningún sirviente en el patio y por eso no he mandado ver lo que pasa. Subí hasta la buhardilla más alta pero no pude distinguir nada a causa de los árboles. Espero que no le haya sucedido nada malo a nadie, sin embargo.
—No ha de ser hada grave, esperémoslo—dijo Nancy—. Quizás se haya vuelto a escapar el toro del señor Snell como el otro día.
—Ojalá no le dé una cornada a nadie, entonces—dijo Juana no despreciando del todo una hipótesis cargada de calamidades imaginarias.
—A esta muchacha le da siempre por asustarme; me agradaría que Godfrey estuviera de vuelta.
Se encaminó a la ventana del frente, dirigió sus miradas lo más lejos que pudo con una inquietud que consideró muy luego como una niñería. En efecto, no se veía ya en el camino ninguna de las señales de agitación de que había hablado Juana, y era probable que Godfrey, en vez de seguir por la carretera, volviera más bien cortando los campos.