Permaneció, sin embargo, de pie mirando el apacible cementerio; las sombras de las tumbas se alargaban sobre los túmulos de césped brillante y, más lejos, los árboles del presbiterio estaban revestidos por los vivos colores del otoño. Ante una belleza tan tranquila de la naturaleza, la presencia de un temor vano que hacía sentir vivamente era como un cuervo que agita lentamente las alas surcando el aire lleno de sol. Nancy deseaba cada vez más el regreso de Godfrey.

XVIII

Alguien abrió la puerta, en el otro extremo de la pieza; Nancy tuvo el presentimiento de que era su marido. Volvió la espalda a la ventana con los ojos llenos de alegría, porque el temor más grande de la esposa se había desvanecido.

—Amigo mío, me alegro de que estéis de vuelta—dijo adelantándose hacia él—. Comenzaba a estar...

Nancy se detuvo bruscamente, porque Godfrey se quitaba el sombrero con las manos trémulas y se volvía hacia su mujer con el rostro pálido y la mirada extraña y fría como si la viera realmente, como si la viera desempeñando un papel en una escena que ella misma no viera. Nancy posó una mano sobre el brazo de su marido, no atreviéndose a seguir hablando. Godfrey, sin embargo, no reparó en aquel movimiento y se dejó caer en su sillón.

Juana ya estaba en la puerta con la hirviente caldera.

—Decid que se retire, ¿queréis?—repuso Godfrey.

Y cuando la puerta se volvió a cerrar, trató de hablar con más claridad.

—Sentaos, Nancy... aquí...—indicando una silla frente a él—. He vuelto así que pude, para impedir que alguna otra persona os contara lo sucedido. He experimentado una gran sacudida, pero temo más lo que vais a sentir vos.

—¿No se trata de mi padre o de Priscila?—dijo Nancy con los labios trémulos y juntando sus manos con fuerza sobre las rodillas.