—No, no se trata de una persona viva—dijo Godfrey, incapaz de usar de la habilidad prudente con que hubiera querido hacer su revelación—. Se trata de Dunstan... mi hermano Dunstan, a quien perdimos de vista hace diez y seis años. Lo hemos encontrado... hemos encontrado su cuerpo... su esqueleto.

El terror profundo que la mirada de Godfrey le había causado a Nancy, hizo que ella encontrara un alivio en aquellas palabras. Se sentó relativamente tranquila, para oír lo que él tenía todavía que decir.

Godfrey prosiguió:

—La cantera se ha secado bruscamente, supongo que a causa de un drenaje; y estaba allí... estaba allí desde hace diez y seis años; encajado sobre dos piedras... con su reloj y su sello, con mi látigo de caza de pomo de oro, que tiene mi nombre grabado. Lo tomó sin pedírmelo el día en que montó a Relámpago, para ir de caza, la última vez que lo vi.

Godfrey se detuvo; no era igualmente fácil revelar lo demás.

—¿Pensáis que se ahogó?—dijo Nancy, casi sorprendida de que su marido estuviera tan profundamente impresionado por lo que había pasado hace tantos años a un hermano al que no quería, respecto del cual sé había augurado algo peor.

—No, cayó en la cantera—dijo Godfrey con voz baja, pero claramente, como si quisiera expresar que el hecho implicaba algo más.

Poco después agregó:

—Dunstan fue quien robó a Silas Marner.

La sorpresa y la vergüenza hicieron afluir la sangre al rostro y al cuello de Nancy, que había sido educada en la creencia de que eran un deshonor hasta los crímenes de los parientes lejanos.