—Ese pobre Freneuse, señorita, era un infeliz muchacho que conocíamos el señor de Sorege y yo desde la infancia y cuyas aventuras han sido causa de una gran aflicción para todos los que le tratábamos.

—¿Por qué el señor de Sorege tiene tanta repugnancia en hablar de esas aventuras y del que fué su protagonista?… Nunca he podido sacar de él mas que respuestas vagas y lloronas sobre este asunto.

—Pero, señorita Maud, ¿por qué esa curiosidad?

—¡Ah! Hay entre mis conocimientos muy malas lenguas que critican todo lo que se hace sin su intervención… Se ha criticado mucho mi proyecto de matrimonio con el señor de Sorege y como no se encontraba nada reprensible en su conducta, han recurrido á la de sus relaciones… De este modo he tenido que conocer ese desgraciado asunto de Freneuse. Ha habido quien me ha hecho entender que habiendo el conde vivido en intimidad con un culpable, no sería imposible que él llegase á serlo. Como es natural, he acogido esos absurdos con el desprecio que merecen; pero he interrogado á Sorege sobre su antiguo amigo y él, que es tan dueño de sí mismo, se ha turbado y ha parecido estar en un suplicio. Entonces me propuse poner en claro lo que hubiese en el asunto.

—Pero, señorita, me cuesta trabajo comprender que una joven como usted, sin inquietudes y sin cuidados, aplique su atención á asuntos tan dolorosos como el que usted evoca. Y en todo caso, si el hecho de haber sido amigo de Jacobo de Freneuse es comprometedor, permítame usted harcerla observar que yo también fui amigo suyo.

—Sí, pero usted le defendió, usted no teme hablar de él, ni se pone violento cuando se pronuncia su nombre… Tengo la costumbre de pensar muy claramente y de hablar con mucha franqueza. En este asunto de Freneuse hay algo que me choca en lo que se refiere al señor de Sorege. ¿Qué es? Usted debe saberlo; dígamelo.

Cristián permaneció impasible.

—No tengo nada que decir á usted, miss Maud, sino que Jacobo de Freneuse no ha cesado de afirmar su inocencia y que algunos amigos suyos no han creído en su culpa, á pesar de las apariencias y á pesar de las pruebas.

—¿Y usted es de esos amigos?

—Sí, soy uno de ellos.