—Hasta contra él.
—¿Está usted seguro de no haber dejado adivinar nuestros proyectos?
—Completamente. He preferido dejar que esa muchacha se burle de mí. En este momento le inspiro una deplorable opinión. Yo haré que la modifique.
—¿Se va usted?
—Sí, tengo que terminar aún algunos preparativos y que arreglar algunos negocios.
—¿Dónde nos veremos mañana?
—Á las tres, en casa de la señora de Freneuse. Quiero tratar de verla y cuento con usted para que me reciba.
—Hasta mañana, pues.
El sombrío hotel de la calle de Petits-Champs pareció despertar de su lúgubre silencio cuando el timbre de la puerta resonó, impacientemente movido por Tragomer.
Giraud salió á abrir, sonrió á Marenval y se quedó estupefacto al ver á Tragomer. Su cara volvió á tomar el aspecto taciturno y cuando Marenval le preguntó: