Llamó y dijo á Giraud, que apareció en la puerta:
—Haga usted subir al señor de Tragomer.
Y sin decir más, pasó por delante de su madre y de Marenval y salió.
—¡Ese pobre Cristián! dijo Cipriano á la señora de Freneuse. Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer, será usted su abogado cerca de María. Es preciso no desanimar á un hombre tan útil. ¡Diablo! ¿Qué sería de nosotros sin él?
Tragomer entró. Durante un momento permaneció indeciso en la puerta, buscando con la vista á María, y no vió más que á la señora de Freneuse enlutada y con el cabello blanco. Sus labios se conmovieron, sus ojos se pusieron húmedos y sin poder articular palabra, Cristián fué á arrodillarse con respeto filial ante aquella mártir. La anciana abrió los brazos y ambos confundieron por un instante sus lágrimas. Por fin la señora de Freneuse se separó, enjugó sus ojos y dijo mirando afectuosamente al joven:
—Gracias, Cristián, por haber vuelto. Por unos minutos ha hecho usted resucitar el pasado. Veamos ahora qué ha hecho para que el porvenir sea mejor.
Tragomer se levantó, se apoyó en la chimenea y contestó, dirigiéndose tanto á Marenval como á la madre de Jacobo:
—He adquirido la convicción, más aún, la certeza, de que la mujer por cuya muerte fué condenado Jacobo, vive.
—¡Lea Peralli! exclamó con estupor la anciana.
—Lea Peralli. Ha habido en este asunto una parte misteriosa que estoy en vías de aclarar y no retrocederé ante nada para conseguirlo. Nuestro amigo Marenval me ayuda valerosamente, animado del mismo deseo y del mismo ardor que yo. Al fin de nuestra empresa esta la declaración de inocencia de su hijo de usted. Esto es lo que vamos á tratar de realizar.