La señora de Freneuse se levantó, pasó á la pieza contigua, donde estuvo un instante, y volvió á aparecer seguida de su hija. Las dos mujeres estaban pálidas y con los ojos llenos de lágrimas. María se adelantó hacia su antiguo prometido y dijo con voz segura:

—Ha pedido usted verme, señor de Tragomer, antes de partir. Sé que va usted á intentar la salvación de mi hermano y no puedo oponerme á ese deseo. Aquí estoy.

Tragomer permaneció delante de ella turbado, temblando y desgraciado. Quiso hablar, pero había prometido callarse. Su justificación le subía á los labios y su corazón estaba lleno de pena viendo después de dos años, adelgazada y abatida por el dolor, á la que había conocido risueña, y dichosa. Le parecía más hermosa en el dolor que en la alegría. Su cara había tomado un carácter de nobleza y de altivez en vez de su antigua expresión de discuido y de candor. Se adelantó hacia ella y dijo con dulzura:

—María…

La joven se estremeció ante los recuerdos que evocaba en su mente aquel nombre pronunciado por su antiguo prometido. Todo el pasado desfiló por sus ojos. Vió la casa alegre y animada, á su madre dichosa, á su hermano mimado á pesar de sus locuras, y á ella sonriente ante un porvenir de felicidad.

Ante ese cuadro tan dulce de la antigua vida, acabada para siempre, la joven no pudo contener su emoción y llevándose las manos á la cara rompió en sollozos. Tragomer, entonces, sin poder contenerse dijo con vehemencia apasionada:

—Esas lágrimas, María, me afligen y me encantan á la vez, porque indican que no lo ha olvidado usted todo y que su corazón no está cerrado para siempre. ¡Oh! si, se abrirá de nuevo para mi, lo sé, y me perdonará. Tanto haré que olvidará usted su justo resentimiento. Si hubiera partido sin ver á usted, creo que mi empeño hubiera fracasado. Ahora que ya no tengo ninguna inquietud, estoy seguro de triunfar. Sepa, pues, que por usted haré todo lo que he pensado y entonces, comparando mis errores con la reparación conseguida, llegará un día en que usted me perdone.

María se levantó tranquila, fuerte, decidida, y mostrando á Cristián su hermosa cara transfigurada por la esperanza, pronunció estas palabras:

—¡Logre usted su empeño!…

Tragomer lanzó un grito de júbilo y viendo la mano de María que caía con descuido por encima de su falda, la cogió arrodillándose é imprimió en ella respetuosamente sus labios. Después se inclinó ante la señora de Freneuse y dijo: