—Deseo con toda mi alma que sean calumnias, porque me avergonzaría de haber puesto mi mano en la de usted si hubiese hecho lo que se le atribuye…

—Pero, ante todo, ¿quiénes son los que declaran contra mí?

El señor de Tragomer, el señor de Marenval y por fin, el mismo señor de
Freneuse…

—¡Freneuse! Era de esperar; necesita echar la culpa á alguien… ¡Tragomer y Marenval! También se explica; el uno es amigo y el otro pariente…

—¡Pero usted también era su amigo! Y eso es lo que hace incomprensible su conducta. ¿Por qué no tiene usted para Freneuse la adhesión absoluta de Tragomer? ¿Por qué no tiene usted la ciega confianza de Marenval? ¿Por qué, cuando en otra época hablaba á usted de este asunto, me daba respuestas evasivas y ahora hostiles? ¿Hay un secreto entre los dos? Sea usted franco y diga qué les ha separado y qué les separa todavía.

—Su crimen, dijo Sorege fríamente, y su condena. Es, por cierto, bastante. ¿Piensa usted que si yo hubiera perdido hasta ese punto la memoria, el mundo no me hubiera recordado que Jacobo de Freneuse fué arrancado por los gendarmes del banquillo de los acusados y conducido con esposas primero á la cárcel y después á presidio? Mi alejamiento, que usted convierte en un crimen, es el mismo de todo el mundo. Un infeliz que cae tan bajo, es un apestado del que todos se apartan con horror. Esto no es, acaso, sublime, pero si muy humano. Nadie elige un presidiario por compañero habitual. Cuando la sociedad ha arrojado lejos de ella por una severa condena á un hombre indigno, no es el momento de irle á buscar para hacerle caricias y glorificarle. Yo no soy más que un hombre y no un san Vicente de Paul. Y por otra parte, ¿obraron de otro modo Tragomer y Marenval? El desgraciado Jacobo fué un paria para ellos como para todos los que le conocían. El abandono fué completo y la huída general. ¿Á qué vienen hoy á acusarme? Tragomer ha necesitado dos años para cambiar de opinión y eso, ¿sabe usted por qué? Porque ama á la señorita de Freneuse y no ha podido olvidarla aunque lo ha procurado viajando por el mundo. En cuanto á Marenval, es un snob, á quien se hace ir á donde se quiere sin más que prometerle que hablarán de él los periódicos. Esos señores han tenido el deseo de arrebatar á Freneuse de su prisión y traérsele á Europa y han ejecutado su plan con una suerte rara. Ya está el condenado en libertad. Pero de eso á probar su inocencia hay la misma distancia que de la Nueva Caledonia á Inglaterra. Y no es acusando á diestro y siniestro á todo el mundo como lograrán probar que un juez de instrucción, doce jurados, tres magistrados y la justicia en masa se han engañado groseramente y enviado un inocente á presidio.

—Á no ser que se pruebe, dijo miss Harvey, que las apariencias fueron arregladas tan hábilmente que fué imposible no creer en la culpa de ese desgraciado.

—¡Oh! eso lo dicen todos los condenados… Es muy fácil… Pero en cuanto á dar una prueba…

—¿Y si esa prueba existiera?

Sorege se puso lívido, sus ojos lanzaron un relámpago y exclamó: