—¿Qué prueba?

—La confesión del crimen por su autor.

—¿Y ese autor, ¿quién es?

—Una mujer. ¿Tendré que decir á usted su nombre? ¿Cuál, en este caso? Porque se le conocen tres: el que usted nos dijo al introducirla aquí, Jenny Hawkins, la cantante de Covent-Garden; Juana Baud, la fugitiva que usted hizo venir á Inglaterra hace dos años; y Lea Peralli, la miserable con la cual maquinó usted el complot contra Jacobo de Freneuse. Esto es muy claro, señor de Sorege; ahora se trata de responder sin más ambigüedades.

—¿Y Jenny Hawkins me ha hecho esas acusaciones?

—Y las renovará por escrito. Se ha comprometido á ello formalmente.

De todo lo hablado, la despierta inteligencia de Sorege no retuvo más que ese futuro: las renovará. Luego Jenny no había escrito nada todavía. Entrevió la salvación y tuvo un acceso de hilaridad que sonó de un modo extraño en el silencio del salón.

—¡Ah! ¿Conque escribirá? ¡Y á mi, qué me importa! Por dinero se hará escribir á esa individua todo lo que se quiera. ¿ Qué le cuesta eso? Se marchará con la música á otra parte llevándose el bolsillo bien repleto, y todo se reduce á cambiar otra vez de nombre. El mundo es grande. Italia y España están á su disposición… Las mujeres de teatro saben disfrazarse y engañan al mundo fácilmente. ¿Qué importa un escrito destinado á satisfacer la envidia ó el rencor de ciertas personas? Esta noche, miss Maud, traeré á usted, si lo desea, un mentís formal de todo lo que se afirma contra mi, firmado por esa muchacha. Y en cambio reclamaré que se me enseñe el escrito en que me acusa.

—Escuche usted. No quiero olvidar que he sido su amiga. Más le vale á usted confesar francamente lo que tiene que reprocharse, que insistir en negar contra toda evidencia. Se pierde usted, se lo juro… Esa mujer no miente cuando se acusa… Ni Tragomer, ni Marenval, ni Freneuse mienten…

Sorege se levantó bruscamente y dijo con acento furioso: