—¿Si no son ellos, soy yo?
En este instante se abrió la puerta y apareció Julio Harvey, rojo de indignación.
—¡Pardiez! sí, es usted, puesto que es preciso decírselo. ¿Hase visto obstinación semejante? Mi hija le ha tratado con demasiada consideración… Yo no hubiera tomado tantas precauciones.
Sorege hizo un gesto terrible.
—¿Cómo llama usted al modo con que se conduce conmigo? dijo. Esto se llama en todos los países del mundo una emboscada. ¡Estaba usted apostado para escuchar y sorprenderme!… ¡Vamos! Llame usted á sus acólitos. Ya es tiempo de que nos veamos cara á cara.
El Sorege circunspecto y discreto que ordinariamente se veía había desaparecido. Sus duras facciones estaban impregnadas de una indomable energía, sus ojos, entonces muy abiertos, echaban llamas, y se erguía, terrible, pronto á atacar y á defenderse. Detrás de Harvey, habían aparecido Tragomer, Marenval y Jacobo. Sorege les englobó á todos en el mismo insulto:
—¡Estabais escuchando en las puertas! Aproximaos, señores, y veréis más cómodamente. Doy un mentís formal á los que me acusan. No he sabido más de lo que dije anoche al señor de Freneuse, y muy tarde ya para utilizarlo en su favor. En cuanto á su conducta personal con sus antiguos amigos, más vale no hablar de ella, y si no se acuerda de los servicios que le prestó Lea Peralli, es un ingrato…
Tragomer hizo un movimiento tan violento hacia Sorege, que Jacobo le puso la mano en el brazo para detenerle.
—Las cuentas que haya podido tener con Lea Peralli, dijo, serán saldadas entre ella y yo. Las que tengo con el señor de Sorege son de tal naturaleza, que, por su interés, le invito á no insistir en ellas…
—¿Qué tengo que temer? preguntó audazmente el conde.