—¿Usted? ¡Nada! dijo Jacobo fríamente. Otro hombre temería la deshonra.

—¡Me insulta usted! exclamó Sorege lívido.

—Había dicho á usted que no insistiera, continuó Jacobo con calma. Nada tiene usted que ganar en ello y me asombra su tenacidad. Creí á usted más hábil. Pero en vista de que usted quiere que se digan las palabras decisivas, va á ser complacido. El que se ha portado con un amigo que le abría con toda su confianza su corazón, como usted se ha portado conmigo, es el último de los miserables, señor de Sorege. He visto en el presidio de que vengo muchos malvados, pero ninguno tan perfecto como usted.

—¡Eso es lo que usted quiere, un duelo conmigo, que le levante y que le lave!

—Se engaña usted. No busco tal duelo. Le juzgo á usted pero no me dignaré castigarlo.

—¿Se ha vuelto usted cobarde? dijo en tono burlón Sorege. ¡No le faltaba á usted más que eso!

—Me he vuelto paciente, dijo dulcemente Jacobo, y lo pruebo.

—¡Pues bien, séalo usted por completo!

Dió tres pasos y levantando el brazo, trató de pegar á su antiguo amigo en la cara. En este instante la fisonomía de Jacobo se transfiguró y se puso espantosa. Cogió el brazo á Sorege, rechazándole con fuerza, y dijo articulando un grito de furor:

—¿Tendré que matar á este hombre?