—¿Has llegado á tal grado de debilidad que ya no quieres defenderte?

—Estoy cansada de astucias, de engaños, de fugas y de misterios. Todo antes que volver á empezar la vida que arrastro hace dos años.

—¡Sí! ¡Quéjate todavía! Nunca has estado tan favorecida. Has logrado la celebridad y la riqueza. ¡No parece sino que la sangre es un abono para la dicha! ¿Y vas á despreciar todas estas hermosas condiciones de vida? ¡Vamos! Reflexiona, porque la cosa vale la pena.

—¡Me canso de ser una mentira viviente!

—¡Sí! ¡Será mejor que seas la sinceridad muerta! Estás divagando, querida. ¿Sabes lo que te espera si desempeñas el papel que te ha aconsejado la camarilla de Freneuse? El presidio, por lo menos, y acaso el patíbulo.

—¡Estoy pronta!

—¡Vamos á ver, Lea, no estamos representando el cuarto acto de la Hebrea! No se trata ahora de hacer gorgoritos en la cavatina. Aquí todo es real, serio y decisivo. No hay que jugar con la justicia, que no tiene nada de benévola. Con ella no hay laureles artísticos que valgan. Esos hombres togados te condenarán duramente si te dejas coger. Óyeme con buen sentido solamente un cuarto de hora y después eres libre de hacer lo que quieras. ¿Está convenido, verdad? En primer lugar, veamos, ¿qué te ha dicho Jacobo? ¿Qué te ha pedido? ¿Qué le has prometido tú? ¿Os habéis visto ayer después de la maldita velada de Harvey? Hacía mucho tiempo que no os hablabais y no ha debido reinar entre vosotros la mayor cordialidad. ¡Debe guardarte rencor! ¡Y á mí me odia de muerte! Puedes comprender, querida, que nuestros destinos están estrechamente ligados y que permitir que me hieran mis enemigos es herirte tú misma.

Sorege podía hablar á su antojo; Lea no trató de interrumpirle ni una sola vez. Apoyada en la chimenea y con el codo sobre la guarnición, jugaba maquinalmente con una larga aguja de sombrero, de cabeza de oro incrustada de zafiros. Pinchaba con distracción el peluche de la chimenea y no parecía prestar la menor atención á lo que decía Sorege. Éste no perdió la paciencia, pues sabía que con aquella naturaleza violenta y arrebatada era necesaria la astucia, y continuó sus argumentos.

—El objeto de Jacobo era evidentemente obtener de tí una confesión. Sospechaba lo más gordo del negocio y necesitaba conocerle en detalle, que es lo que da á los hechos toda su fuerza é inspira á las personas una certidumbre. ¿Te ha hecho hablar?… ¿Qué le has dicho? ¿Cómo ha logrado convencerte? ¿Qué comedia ha representado? ¿Acaso ha fingido que te ama todavía?

Á esta última insinuación, dicha con una voz dulzarrona, la vió estremecerse y comprendió que había dado en el clavo.