—¿Qué le cuestan las frases de ternura? Conoce tu credulidad ¡Ha abusado de ella tantas veces! ¡Unas cuantas palabras cariñosas, una promesa de olvido, acaso una esperanza de reconciliación!

El proyecto de iros muy lejos á olvidar las horas malas para no acordaros sino de vuestro antiguo amor. ¿No es eso?

Una gran palidez se apoderó de la cara de aquella mujer. Sus ojos se pusieron sombríos y su aliento se hizo corto. Sufría horriblemente. Entonces Sorege, con una risa en la que sonaba la venganza, añadió:

—Si, sin duda alguna; y tú has caído en la red. ¡Vamos! Ya era tiempo de que yo viniese para hacerte volver á la razón.

Lea levantó la cabeza y dijo con gravedad:

—¡Es verdad! Ya era tiempo, en efecto.

—¡Ah! ¿Lo ves? exclamó Sorege triunfante.

Lea le miró con sublime desprecio.

—Ha comprendido usted mal. Todo este día que he pasado encerrada, sola y reflexionando, ha estado lleno de malas horas. El peligro infunde sospechas y yo sé que corro peligros. El deseo de salvarnos nos hace cobardes, y á pesar de las promesas que se me han hecho, me preguntaba con angustia si no tendría que temer algún engaño. He reflexionado para decidir si cumpliría el compromiso que he adquirido ó si me sustraería á él por la fuga. Cuando usted ha llegado, dudaba. Ahora estoy resuelta.

—¿Te vas?