—Me quedo.
—¡Te pierdes!
—Pero salvo á un inocente.
—¡Estás loca!
—Ya me lo ha dicho usted y ha habido instantes en que he podido creerlo, pero usted mismo acaba de volverme al sentimiento de la verdad y de la justicia. En pocos minutos se ha mostrado usted tan bajo, tan cobarde y tan miserable, que no puedo dudar del buen derecho de aquel contra quien usted se encarniza. Tenía la bochornosa debilidad de dudar entre la salvación de Jacobo y la mía: usted me ha aconsejado. Ya no hay duda posible. Entregarme de nuevo á un monstruo como usted, sería completar mi crimen.
Sorege dió un salto al oir el ultraje y dijo, ya de pie:
—¿Así recompensas los servicios que té he prestado? ¡Me he comprometido por ti y me entregas á mis enemigos!
—Yo no he sido más que un instrumento de odio en las hábiles manos de usted. Ahora lo veo. El mal que yo he hecho, usted lo ha concebido y premeditado y es más responsable que yo. Usted no se ha comprometido por salvarme, me ha perdido para satisfacer su odio. Yo he sido siempre su víctima, siempre sublevada y ahora implacable…
Sorege dijo en tono burlón:
—¡Vamos! Ya tenemos, por fin, la verdad. ¿Qué arma vas á dar contra mi á ese héroe de tu última novela?