Lea le miró con tranquilidad.
—¿Y después?
—Nada más.
La cantante se levantó y ambos quedaron cara á cara, sin contenerse ya y respirando el odio y la violencia.
—¡Por el diablo! ¡Si no escribes, estúpida, te aplasto.
Cogió la mano de aquella mujer y la apretó con toda su fuerza. Lea enrojeció de dolor y de cólera y trató de desasirse, pero él la tenía como con una tenaza de acero.
—¡Me hace usted daño! ¡Déjeme!
—¡Obedece!
—¡No!
—¡Obedece!