Lea lanzó un grito desesperado y se retorció, con las lágrimas en los ojos.
—¡Oh! Me martiriza usted… ¡Cobarde!
—¡Obedece, mal bicho, ó te rompo el brazo!
Aquel hombre cataba espantoso de furor y el pensamiento de un asesinato aparecía en sus ojos. Lea cayó de rodillas enloquecida. Cerca de ella la aguja de acero y cabeza de zafiros, verdadero estilete, estaba caída en la alfombra. Lea la cogió con la mano izquierda y se levantó. Sorege le dió un tremendo empujón hacia la mesa.
—¡Vamos! ¡Despachémonos! No tengo tiempo de andar en contemplaciones.
No tienes la mano tan estropeada que no puedas escribir… ¡Pronto!
Lea permaneció como atontada, de pie, sin moverse, y él le dió un golpe violento en un hombro.
—¿Vamos á volver á empezar?… ¡Ira de Dios! Te voy…
No dijo una palabra más. Dando un grito de rabia, Lea se volvió y le hirió en la garganta con la larga aguja. Sorege se quedó de pie, con los ojos fijos y una sonrisa estúpida en los labios. Sus brazos se abrieron y buscaron en el aire un punto de apoyo. Trató de arrancarse el estilete de acero que tenía clavado, dió dos pasos vacilantes, sus rodillas flaquearon y cayó dando un suspiro aterrador. Al caer, la aguja se lo introdujo hasta la cabeza de zafiros. Sufrió una convulsión que le hizo volverse de espalda y se quedó inmóvil.
Inclinada sobre él, Lea le vió contraído, terrible, inerte. No había corrido ni una gota de sangre. La aguja tapaba herméticamente la herida y su punta había llegado al corazón. Con pasos cauteolosos, como si temiese despertar de su espantoso sueño al que temía más muerto que vivo, se echó un abrigo por la espalda y huyó á la calle. Sin saber lo que hacía, tomó la dirección de su teatro. Eran las seis.
Pasó por delante del conserje, que le dijo: