—Señora Hawkins viene usted con mucho adelanto. Aquí tiene su llave. La doncella no ha llegado todavía. ¿Va usted á comer en su cuarto?
Lea no respondió y subió la escalera que conducía al primer piso. Siguió un largo pasillo, abrió una puerta y entró en la habitación que le servía de salón de recibo. Se sentó, sin encender luz, y se puso á llorar desesperadamente, lanzando desgarradores sollozos.
Aquella noche miss Harvey llegó á su palco, contra toda costumbre, al tiempo de levantarse el telón. Capuleto estaba presentando su hija á los señores reunidos en su palacio. Julieta sonreía, pero una gran tristeza velaba la gracia de su semblante. Cantó con brillantez febril el vals y la escena del encuentro con Romeo le valió una entusiasta salva de aplausos.
La artista no saludó, como si permaneciese indiferente al favor del público. Dijo con acento profundo la frase:
Y la tumba será nuestro lecho nupcial.
Bajó el telón y no volvió á levantarse, á pesar de los gritos entusiastas de todo el público. Nunca la Hawkins y Novelli habían cantado mejor, según la impresión unánime de todo el teatro. La representación empezaba de tal modo, que tenía que acabar en un gran triunfo. Harvey y sus dos hijos estaban en el palco, donde reservaban un sitio para Marenval. Tragomer y Jacobo tenían otro palco más oculto á fin de no dejarse ver. Habían comido con la señora de Freneuse y María y el tiempo se había deslizado tan dichoso en la dulce intimidad de la familia, que estaban dando las once cuando los dos amigos entraron en el teatro.
El cuarto acto llegaba á su fin. En cuanto bajó el telón, Tragomer fué al palco de Harvey y Jacobo se metió entre bastidores. Conforme estaba convenido, quería ver á Lea y recibir de ella la declaración escrita que debía servir para rehabilitarle.
Conducido por un celador, llegó al primer piso, y envuelto en una atmósfera enrarecida y perfumada Jacobo siguió el corredor como un enamorado que va á ver á su bella, según opinaron de aquel elegante joven los que se cruzaron con él en el camino, y se detuvo ante una puerta á la que su conductor llamó discretamente. La doncella abrió y Freneuse vió á la cantante tendida en un diván y rodeada de ramos y canastillos de flores. Pálida, inmóvil, vestida con el blanco traje nupcial, parecía la hija de Capuleto dormida con el sueño remedo de la muerte. Al ver á Jacobo no hizo ni un movimiento; una triste sonrisa se dibujó en sus labios y dijo dulcemente:
—Llega usted tarde, amigo mío. He tenido un gran éxito… Vea usted estas flores… Me aclaman, me envidian… Soy un hermoso ídolo ¿verdad? ¿Quién no querría estar en mi puesto?
La doncella salió, y apenas se cerró la puerta Lea se levantó de un salto y toda cambiada, la cara contraída, la voz temblorosa, dijo llevándose á Jacobo al punto más apartado de la pieza: