—Mírame bien… ¿No me encuentras nada nuevo en la mirada? ¿Soy la misma mujer?

—¿Qué tienes? preguntó Jacobo, asustado por su agitación. ¿Qué ha sucedido?

—Lo que debía suceder fatalmente, respondió Lea con una actitud de extravió. Sorege ha venido á mi casa…

—¿Y le has recibido?

—No he tenido otro remedio. Ofrecía estarse allí hasta que saliera. No podía escapar. ¡No se evita lo inevitable! Te lo había dicho… Lo sabía… Mi suerte estaba decidida…

—¿Pero á qué se ha atrevido? preguntó Jacobo, que empezaba á estar inquieto.

—Á todo aquello de que es capaz…

Lea se quitó los brazaletes y dijo enseñando en sus brazos las huellas de los dedos de Sorege:

—Casi me ha roto el brazo para obligarme á desmentir mi declaración…
Creo que me hubiera matado…

—¿Y has obedecido?