La cantante levantó la frente, miró á Jacobo á los ojos y con una sonrisa que recordaba á la tierna, fiel y enamorada Lea de otros tiempos, contestó:

—¡No! No he obedecido, Jacobo, no porque se trataba de mi vida, sino porque quería salvar la tuya…

—¿Entonces?…

Lea bajó la voz y dijo con aire aterrado:

—Se trataba de él ó de mí, Jacobo; era preciso elegir y he elegido. ¡Ya no hará daño á nadie! La declaración que yo debía darte está en su bolsillo; allí la encontrarán… Yo no me atreví á cogerla… Está caído en el suelo en el salón de la casa de Tavistock-Street, con los ojos terriblemente abiertos y la boca todavía amenazadora…

—¿Le has matado?

—¡Cállate, desgraciado! No se debe saber eso hasta mañana. Es preciso que yo esté libre hasta el fin del espectáculo. Aún no he terminado mi misión. Me pagan y tengo que cantar. Precisamente esta noche está el público loco conmigo…

Al decir esto, tenía un aire tan extraño, que Jacobo creyó que el cerebro de aquella mujer no había podido resistir las duras pruebas que venía sufriendo, y se había vuelto loca. Pensó llamar y no creyó lo que le decía. Pero vió en los ojos de la infeliz un pensamiento de desesperación tan terrible, que tuvo el presentimiento de una desgracia inmediata.

La voz del traspunte se oyó en el pasillo:

—Á escena para el último acto…