Y al pasar cerca de la puerta:
—Miss Hawkins, ¿se puede empezar?
—Sí, respondió Lea tranquilamente, ya bajo.
Cogió de un canastillo una orquídea blanca con manchas rojas y dijo presentándosela á Jacobo:
—Guárdala en memoria mía. Esta flor es como mi alma; ensangrentada y, sin embargo, pura…
—Lea, dijo Jacobo asustado, pide un momento de descanso; no estás en posesión de ti misma…
—¡Sí! Jamás he estado más segura de mi… Es el acto de la muerte,
Jacobo; verás qué bien le canto… Anda, vete á verme. Lo quiero…
Jacobo trató de detenerla, de calmarla.
—¡Lea!
La cantante lo miró profundamente, le dirigió otra sonrisa y se arrojó en sus brazos en un movimiento apasionado, diciéndole: