—Dame un beso, ¿quieres? Es la última vez que estamos juntos. Permíteme que al partir lleve en la frente el recuerdo de tus labios.

Jacobo se prestó dulcemente á ese capricho y ella entonces le apretó contra su corazón con una fuerza extraordinaria y exclamó:

—¡Oh! Si me hubieras amado siempre, viviría y sería dichosa…

Hizo un ademán de desolación y prosiguió:

—¡Ay! ¡Ya no es tiempo! ¡Adiós!

Le echó un último beso con la punta de los dedos y se lanzó fuera. Ya la orquesta ejecutaba el sublime preludio del acto de las tumbas. Jacobo, turbado y lleno de preocupación, entró en la sala y se reunió con Tragomer. El acto había comenzado y Romeo estaba cantando. Jacobo se inclinó al oído de Cristián y murmuró:

—No sé qué va á pasar, pero Lea ha perdido la cabeza. Acaba de decirme que esta tarde ha ido Sorege á amenazarla, á violentarla, y que ella le ha matado.

—¡Dios mío! exclamó Tragomer. Pero ella, entonces, la desgraciada…

—¡Mírala! Está aterradora…

Con la palidez de la muerte en las mejillas, Julieta se levantó de la tumba y fué á caer en los brazos de su amante. Con voz que parecía velada por el crepúsculo de la noche eterna, la hija de Capuleto esperaba la embriaguez de su dicha al despertarse sobre el corazón del bien amado. Después el veneno hacía su efecto y Romeo palidecía, sucumbiendo. Julieta le retuvo con fuerza, como si se acusase de aquella muerte que él se daba por su amor. En seguida arrancó de la cintura de Romeo el puñal que de ella pendía y echando á la aguda hoja una mirada de dichoso alivio, pronunció como un grito de libertad esta frase: