"¡Ah! ¡Bendito puñal! ¡Eres mi último recurso!"
Y con firme brazo se asestó una puñalada en el mismo sitio en que había herido á Sorege. Siguió de pie, pero la voz se extinguió en sus labios. Un hilo de sangre surgió de la garganta y se deslizó por el traje blanco. Sus ojos se nublaron. Novelli se levantó en este momento y se arrojó sobre su compañera gritando:
—¡Socorro! ¡Se ha herido!
Un espantoso rumor partió de todos los puntos de la sala. Los espectadores, de pie, miraban aterrados. La cantante agitó lentamente la mano como para decir que todo era inútil. Bosquejó una sonrisa, esperando que la recogería Jacobo. Su belleza era tan brillante en aquel momento supremo, que los tres mil espectadores que ocupaban el teatro se callaron como por una fuerza misteriosa, y se oyó el último suspiro que se exhalaba de los labios de la artista. Vaciló como una flor cortada, y cayó muerta en aquella misma escena en que acababa de triunfar su arte.
* * * * *
M. Melville, avisado por teléfono, salió de Scotland-Yard y se dirigió al domicilio de la cantante. Sorege estaba tendido en la alfombra del salón, lívido y horrible. En el bolsillo de su levita se encontró la declaración de Lea probando la inocencia de Jacobo, que fué enviada á la embajada francesa por la policía de Londres. Vesín marchó á París, á fin de activar la revisión del proceso. Los Harvey en su yate y Marenval, Tragomer y la familia de Freneuse en el Magic, se habían dirigido á Cowes.
Los jóvenes pasaron dos meses deliciosos en la intimidad de una existencia activa y libre, navegando por el tranquilo mar ó anclados en las radas del Solento. La belleza de María, realzada por la esperanza, brilló entonces con todo su esplendor. La joven se mostró encantadora y tierna con Cristián, como si quisiera hacerle olvidar los pasados rigores.
Jacobo sencillo, dulce, un poco grave, y tan diferente de si mismo que era imposible reconocerle, se complacía en hablar con miss Harvey que le pedía interminablemente el relato de sus aventuras y de sus miserias. El joven confesaba sus errores, sus locuras y sus faltas y describía los sufrimientos de su vida con una humildad y una emoción, que conmovían profundamente á la americana. Jacobo no demostraba el ardor y la fuerza de la juventud sino para remar y montar á caballo con los hijos de Harvey, y aun éstos tenían que rogárselo vivamente así ellos como la señora de Freneuse, inquieta por las tendencias místicas de su hijo y deseosa de verle volver á los gustos de la vida normal. Con este mismo fin la madre de Jacobo favorecía la intimidad de su hijo con miss Maud. Pero pronto quedó sentado que nada modificaría en las horas de felicidad los proyectos madurados en las de angustia.
El mes de agosto expiraba y Julio Harvey anunciaba el propósito de marchar á Portsmouth para hacer provisiones de carbón y de víveres á fin de volver á América. Tenía que arreglar negocios en su país y sus hijos debían volver á los prados para vigilar las ganaderías. Miss Maud se resignó á acompañar á su padre, pero quería llevarse con ella á las señoras de Freneuse y á Jacobo.
—El proceso, decía, que consagrará la inocencia de su hijo de usted, no será resuelto hasta dentro de algunos meses. ¿Qué van ustedes á hacer hasta entonces? Si vuelven á Francia no podrán vivir sino muy retiradas y probablemente el señor de Freneuse tendrá que constituirse en prisión, pues hasta que se pronuncie la nueva sentencia le considerarán como culpable. Vénganse, pues, con nosotros á Nueva York… Dejaremos á mi padre y á mis hermanos ir á Dakota y nosotros nos instalaremos tranquilamente en Newport. El señor de Tragomer nos acompañará, pues á Marenval le creo muy deseoso de volver á París.