—Véngase usted, Tragomer, decían los cow-boys; iremos hasta las altas mesetas á tirar á los bisontes. Hay todavía hermosas manadas, y acamparemos en las tiendas con los Cherokees… Allí verá usted potros, como no los hay en el mundo, que corren veinticuatro horas sin descansar… Pescaremos el salmón en los creeks… Hay rincones donde se cogen piezas que datan del diluvio… ¡Unos monstruos! Venga usted, Tragomer, venga usted… Cuando tengamos á Jacobo en el suelo americano, le pondremos en forma… Es un buen sportman; no hay que dejarle hacerse cura.

Miss Maud se encargó en persona de intentar el esfuerzo supremo. Una noche en que se paseaba con Jacobo por la cubierta del Magic, en la rada de Cowes, se detuvo repentinamente y se apoyó en la borda del yate. El mar estaba fosforescente. Por todos lados las luces eléctricas marcaban el sitio de los barcos anclados y un viento tibio y ligero cantaba en las vergas. Innumerables estrellas bordaban el cielo en sus resplandores de oro pálido. La joven estaba mordisqueando una rosa y miraba al mar sin decir palabra. Jacobo, á su lado, escuchaba distraídamente una música que se oía á lo lejos en la oscuridad. Miss Maud se levantó y dijo, fijando en la cara de Jacobo sus ojos perspicaces:

—Señor de Freneuse, conviene hablar esta noche sinceramente, para que no tengamos después ni penas ni arrepentimientos. Usted tiene proyectos que afligen á su madre y á su hermana. No hablo de sus amigos, entre los que nos contamos, pues la autoridad que pueden tener sobre usted es muy débil comparada con la de esas dos mujeres que tanto han llorado por usted. Existe ademas otra afección que puede tener una influencia decisiva en la vida de un hombre. Y aun esa es preciso que el que la provoca, la sienta.

Se detuvo un poco confusa, tanto por la gravedad de la confidencia como por la dificultad de completarla. Pero era un espíritu enérgico y continuó atrevidamente:

—Ha hecho usted muchas locuras, pero las ha expiado con muchos sufrimientos. Está usted, pues, en paz consigo mismo. ¿Por qué insiste usted en dejar el mundo á pesar de la pena que causa á su familia? Debe usted ciertas compensaciones á las que han sufrido por su causa. En fin, si una mujer, conmovida por sus desgracias, interesada por su rehabilitación y sinceramente enamorada de usted, se ofreciera á cuidar las heridas secretas de su corazón, á curarlas y á cifrar su dicha en hacer de usted el hombre que debe ser, ¿rechazaría usted esa ternura?

Levantó su frente en la que brillaban la inteligencia y la voluntad, y prosiguió:

—Yo soy esa mujer que le ama y que le ofrece la mano. Si usted la admite, tendrá en mi una compañera resuelta y adicta. El bien que usted se propone hacer á la humanidad á cambio del mal que de ella ha recibido, lo haremos juntos. Todo lo que pido es que me hable usted francamente para saber si debo esperar ó resignarme. Diga Usted sí, y vamos juntos á ver á mi padre y á que yo abrace á su madre de usted con todo mi corazón. Diga usted no, y mañana parto, para que no me vea usted llorar.

Maud ofreció su mano y Jacobo la vió pálida, en la clara noche, y con los ojos brillantes de emoción. El joven se inclinó con respetuoso dolor:

—Aunque mi sinceridad aflija á usted, miss Maud, voy á obedecerla hablando francamente. Estoy conmovido hasta lo más profundo de mi ser por su generosa y caritativa afección. Usted ha sido impulsada, cosa digna de una mujer, por la obra de dulzura y de piedad que desea realizar cerca de un desgraciado. Pero yo me juzgo más severamente que usted y sé cuántas manchas contiene todavía ese corazón que usted cree purificado. Mido mejor que nadie la profundidad de mi caída y no creo que un ángel como usted pueda levantarme tan fácilmente. No me siento digno de usted, mis Harvey, y lo confieso con una humildad muy meritoria, llorando de agradecimiento por su bondad.

Cogió su mano y llevándosela á los labios la mojó con sus lágrimas.
Después continuó con voz alterada: