—¡Estás loco! exclamó Maugirón; tú lo conoces porque vives entre toda esa gentuza, pero ¿cómo quieres que Tragomer sepa de tu agente de gorgoritos?

—Puede conocerlo por haberle visto en el círculo. Vino con frecuencia cuando se trató aquí de organizar un espectáculo como si hubiéramos querido hacer competencia á los Menus-Plaisirs. El tal Campistrón hace de todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tirador de carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como Guillermo Tell; ó el exhibidor de perros sabios, ó el que rompe cadenas… Es un tipo asombroso. En provincias ha cantado de tenor de fuerza.

—¡Nos estás aburriendo con tu cómico de la legua! interrumpió furiosamente Maugirón… No sé cómo te sufre Tragomer.

—Nada de eso; me interesa, por el contrario, dijo amablemente Tragomer.
Tú no entiendes de nada, Maugirón, en cuanto te sacan de catar vinos.
Oye lo que decimos mientras te bebes tu Lafite… ¿De modo, Frecourt,
que usted ha conocido á esa Juana Baud?

—Sí, amigo mío, la conocí en el Conservatorio en la clase de Achard. Tenía una preciosa voz de mezzo-soprano, pero vivía en una continua juerga, y eso es malísimo para los órganos vocales. Llegaba siempre al faubourg Poissonnière en una preciosa berlina tirada por un caballo de ciento cincuenta luises… Y era de ver la cara que ponía Ambrosio Thomas… ¡Decadencia y corrupción! decía levantando los brazos al cielo. Nuestra buena pieza no obtuvo el premio y tuvo que contentarse con un accésit; y por cierto que armó un tumulto en la sala á causa de su traje y de las perlas que llevaba en las orejas. En aquella época la mantenía Salveneuse, que pegó de palos en el boulevard á Armando Valentín por haber escrito una crónica feroz contra su amiga. Juana Baud abandonó el arte durante cinco ó seis años y corrió en grande con los jóvenes más á la moda… Después, un día apareció en Variedades, donde enseñó, en una Revista, el más bonito par de piernas y el seno más sólido que se habían visto hacía mucho tiempo.

—Pero dí, Tragomer, ¿es verdad que te divierte este cronicón de bastidores?

—Claro que sí. Fumo, descanso, y estoy bien.

—Yo le encuentro antediluviano con su Juana Baud y su Salveneuse, al que me parece estar viendo con su perro, sus patillas teñidas y su pantalón ancho. Creo que estoy oyendo historias de mi abuelo… Apuesto á que nos va á hablar ahora de Valentino y de Markowski.

Tragomer se echó á reír.

—¡Vamos! joven viejo, un poco de indulgencia para los viejos jóvenes… Siga usted, Frecourt, estoy suspenso de sus labios.