—¡Ah! querido amigo; si le divierten á usted las historias de aquel tiempo, las sé más asombrosas.

—No, dijo vivamente el barón; sigamos con Juana Baud; el asunto está empezado; acabémosle.

—¿Pero qué te importa la tal Juana Baud? dijo en tono do enfado
Maugirón. ¡Es inaudito lo simple que estás esta noche!

—No comprendes, Maugirón, contestó gravemente Tragomer. Algún día te daré explicaciones y te quedarás asombrado.

—En ese caso, viejo Frecourt, sigue con tu historia, puesto que parece que es palpitante.

Y Maugirón se puso á fumar con aire de mal humor. Sirvieron el café mientras que varios socios salían ya del comedor y la intimidad del lugar se hacía mus grande. Frecourt aventuró un codo sobre la mesa y prosiguió:

—Si Juana hubiera sabido vivir, hubiera llegado á hacer fortuna. Tuvo un hotel en la calle de la Faisanderie y un tren suntuoso. De entonces datan sus relaciones con Woreseff y también su pasión por Sabina Leduc.

—¡Anda con Dios! No le faltaba nada á tu Juana Baud. ¡Me repugna esa clase de mujeres!

—No es á tí solo. Probablemente Woreseff era también de tu opinión, porque abandonó repentinamente á Juana, la cual vivió durante un año de los restos de su lujo. Después, acosada de cerca por sus acreedores, se eclipsó para reaparecer en el extranjero con el nombre de Jenny Hawkins… El hotel fué vendido y no se oyó hablar de ella, si no es alguna vez en los periódicos. Jamás ha vuelto á París, como si guardase rencor á la gran ciudad de su desilusión.

Al acabar el relato de Frecourt, todos se levantaron y se dirigieron hacia los salones. Sorege, extendido en un sillón, parecía digerir la comida con una satisfacción completa.