—Tragomer, usted no lo dice todo, exclamó con emoción el magistrado; á pesar de todo, desconfía de mí… ¿Trata usted de hacer evadirse á Jacobo la Freneuse?
Tragomer sólo respondió con una sonrisa pero Marenval se irguió y dijo con extraordinaria energía:
—Y aunque así fuera, ¿qué? ¿Cree usted que estando convencidos de que ese muchacho es inocente, le vamos á dejar podrirse en el presidio? ¡Le robaremos, pardiez! Eso será divertido. Ya que hacemos el viaje, nos proporcionaremos esa pequeña distracción.
—Pero hay guardias, una guarnición, un barco vigilante, dijo Vezín. ¡Eso es una locura! Afrontan ustedes responsabilidades espantosas si les prenden, y para prenderles no se tendrá inconveniente en matarles…
—Eso es cuenta nuestra, respondió Marenval. Puede usted creer, querido, que al meterse uno en semejantes aventuras, hace el sacrificio de su existencia. Por otra parte, estamos decididos á defendernos…
—No me digan ustedes ni una palabra más; les encuentro insensatos. Me están ustedes haciendo un capítulo del Monte-Cristo. Atrasan ustedes cincuenta años, mis buenos amigos. Pero quiero creer que á los primeros pasos se encontrarán con tales dificultades, que no llevarán adelante su empresa. Créanme; si han de tener ustedes alguna esperanza, estará en la tramitación legal de una instancia. Escriban una memoria, diríjanla al ministro y unas buenas pesquisas de la policía podrían…
—Echarlo todo á perder, interrumpió Tragomer. Sé con quién tengo que habérmelas. Es preciso trabajar en la sombra ó fracasaremos…
—Y queremos lograr nuestro propósito, añadió Marenval.
—¿Cómo van ustedes á ir á la Nueva-Caledonia?
—En un yate que fletaremos. Nos conviene tener á nuestra disposición los medios más perfectos y más rápidos.