—¿Se presentarán ustedes á las autoridades coloniales?

—Sí, como viajeros.

—¡Ah! dijo el magistrado, que se puso pensativo. Es una de las cosas más extraordinarias que he visto hace mucho tiempo. Se dice que este fin de siglo es eminentemente práctico, egoísta y anti-sentimental. He aquí un caso que puede hacer pensar á los filósofos. ¿Qué van á decir los que aseguran que se ha perdido en Francia la energía individual? Nos encontramos en presencia de un caso de exaltación como no se veían sino en las ardientes épocas revolucionarias. Lo que van ustedes á intentar es tan insensato, que son capaces de lograrlo, pues, en suma, solamente las empresas inverosímiles tienen alguna probabilidad de éxito. Se pone uno en guardia contra los sucesos sencillos y probables. Pero un golpe de audacia llevado á cabo por personas frías… ¿por qué no ha de resultar? ¿Cuándo piensan ustedes marcharse?

—Lo más pronto posible. En cuanto hagamos nuestros preparativos y lleguemos á Inglaterra.

—¿Van ustedes á fletar un vapor inglés?

—Sí. No queremos que un armador y una tripulación franceses participen de nuestra responsabilidad.

Se levantaron. La noche avanzaba llenando con sus sombras el gabinete y en la semioscuridad del crepúsculo las caras perdían su aspecto real. Marenval se estremeció creyendo estar rodeado de espectros. Un sentimiento de angustia se apoderó de su corazón y sintió una especie de vértigo al oir decir á Vesín con voz fúnebre:

—En efecto, el caso sería grave. Una causa criminal para los que fueran presos, y si había habido, por desgracia, algún hombre muerto…

—Trataremos de hacer las cosas suavemente, balbucéo Marenval.

—En todo caso, si no atentan contra la piel de los demás, ustedes exponen la suya. Los reglamentos de los presidios no son dulces y las represiones son terribles.