—Sabemos á lo que nos exponemos; dijo Tragomer. Obedecemos á consideraciones que no pueden ser pesadas con los riesgos que haya que correr.
—¡Y por nada retrocederemos!
—¡Diantre! dijo Vesín; si no me retuvieran mis funciones, me iría con ustedes nada más que por hacer el viaje. Pero un fiscal en tal expedición resultaría algo fuera del cuadro.
—Convengo en ello, dijo Tragomer; pero consuélese usted; le traeremos fotografías.
Aquella grave conversación acabó en broma. Vesín volvió el conmutador de la electricidad y una viva luz inundó la pieza, produciendo reflejos brillantes en los esmaltes y en las porcelanas y haciendo brillar los dorados de los cuadros. Todo aquel lujo moderno que se revelaba repentinamente al brotar la luz, hacía tan completo contraste con los proyectos que se acababan de exponer en la oscuridad, que los tres hombres se miraron, como si quisieran afirmar su realidad. Pero Tragomer sonreía tranquilo y resuelto y la claridad había devuelto á Marenval todo su valor.
—Nos veremos dentro de tres meses, dijo Vesín, pues no emplearán ustedes más tiempo en ir y volver. Si entonces puedo serles útil en algo, tendré en ello mucho placer!
—Amigo mío, si logramos nuestro propósito, vendremos tan llenos de pruebas que será imposible rehusarnos justicia.
—Amén, dijo el magistrado. Buen viaje y hasta la vuelta.
Les ofreció la mano y añadió:
—Acaso son ustedes insensatos, pero lo que van á hacer no es vulgar y les admiro de corazón.