—Querido amigo, dijo Tragomer, yo arriesgo la empresa porque amo á la señorita de Freneuse y trabajo por mí mismo al intentar la rehabilitación de su hermano. Mi mérito es, por tanto, muy débil. El verdadero héroe es Marenval, pues se sacrifica por el honor.
Á estas palabras que le tocaban en lo más profundo de su ser, Marenval palideció, las lágrimas brotaron de sus ojos y sin poder hablar, permaneció temblando de emoción ante sus amigos. Por último movió la cabeza, dió un suspiro que pareció un sollozo y contestó, arrojándose en los brazos de su pariente:
—Adiós Vesín. Usted sabe á qué atenerse. Si me atacan y yo no puedo defenderme, sosténgame usted. No permita que digan que soy un viejo imbécil.
Repitió con aire extraviado:
—¡Adiós!
Y cogiendo el brazo de Tragomer, salió como si marchase á la muerte.
V
M. Harvey poseía uno de los más hermosos hoteles de la plaza de los Estados Unidos. Le había parecido patriótico vivir en la plaza que lleva el nombre de su país, lo que, según él, le hacía vivir al mismo tiempo en París y en América. Por su gusto, sin embargo, hubiera vuelto hacía mucho tiempo á su país, si su hija no se hubiera opuesto resueltamente declarando que en modo alguno quería abandonar la Europa. El padre había dicho entonces á su hija:
—Querida mía, si quieres obrar á tu capricho, cásate, porque yo también tengo los míos y quiero vivir, en lo posible, de un modo que no me resulte enteramente desagradable.
—¿Pero qué tiene de desagradable vivir en un país donde encuentra usted todo lo necesario para ser dichoso?