—Yo no lo soy si no vivo en América seis meses del año, por lo menos.

—Veo que sigue usted siendo un verdadero salvaje.

Á esta insolencia filial, Harvey respondió con sonrisa indulgente:

—Es posible. Yo mismo lo creo.

—Me casaré, entonces, puesto que eso simplificará la vida para usted y para mí.

—¿Y con quién, querida mía? ¿Con un europeo ó con un americano?

—Con un europeo y, probablemente, con un francés. Para gente ordinaria tengo bastante con mis hermanos. Quiero vivir con un hombre bien educado.

—Eres libre.

—Lo sé; y usted lo será también después de mi boda.

Aquel ganadero que había desplegado tanta energía para fundar su fortuna y crear sus ranchos; aquel hombre que poseía cientos de miles de bueyes pastando en las fértiles praderas indianas, no había podido nunca luchar contra la voluntad de miss Maud y como hombre práctico ante todo, había tomado el partido de obedecerla, lo que evitaba las discusiones y simplificaba las relaciones de familia. El espectáculo que ofrecían los Harvey, padre é hijos, en América, conducidos por aquella morenilla delgada y débil, era sumamente curioso. En la cabeza de miss Maud había muchas más ideas de las que podían producir los cerebros de sus hermanos. La voluntad de la muchacha, matizada con una nerviosidad debida al perfeccionamiento do la raza, recordaba la tenacidad de su padre. Harvey lo sabía y se complacía en ello. Con frecuencia decía: