—Mis tres hijos juntos no valen lo que mi hija. Si la naturaleza no se hubiera equivocado y la hubiera hecho varón, esta muchacha hubiera aumentado en diez veces mi fortuna; mientras que los jóvenes no harán más que gastarla.

Tenía por ella una alta estimación, lo que es la mayor prueba de afecto en un americano. También decía, hablando de ella.

—Mi hija sabe gastar el dinero.

El yanqui quería decir con esto que Maud sabía ser pródiga cuando las circunstancias lo exigían, y económica en la vida diaria: Hacía un año que se había instalado con ella en Francia y se aburría soberanamente, pues no comprendía las minucias y las delicadezas de la vida parisiense. Acostumbrado á expresar siempre redondamente su modo de ver, causaba el asombro general emitiendo opiniones tan singulares por su fondo como por su forma. La ingenuidad de aquel americano resultaba discordante con las sutiles hipocresías de la sociedad en que vivía, y cuando hablaba, sin cuidarse de las protestas ni de las exclamaciones de las damas, se hubiera dicho que estaba tirando pistoletazos en una pajarera.

Era tan rico, que en todas partes se le acogió con entusiasmo. El gran mundo parisiense no está ya cerrado como en otro tiempo. Los cambios económicos que se han producido en Francia han modificado la base de las fortunas, y la nobleza, arruinada por su ociosidad, ha tenido que transigir con la aristocracia del dinero, produciendo así un primer fenómeno de nivelación social. Dentro de poco tiempo no habrá más que dos castas, la de los ricos y la de los pobres, que continuarán la lucha secular por la posesión de la autoridad y de la inteligencia.

En un mundo tan abierto á la influencia del dinero y en el que las colonias extranjeras están como en su casa, Harvey no podía menos de ser bien acogido. Recibía, tenía un yate, sabía prestar quinientos luises sin reclamarlos jamás y tenía una hija elegante, original y con un dote colosal. No hacía falta tanto para conciliarle todos los favores. Había sido recibido en el Club automóvil, formaba parte de la sociedad de los Guías y era miembro influyente de la Unión de los yates. Pero se aburría, sin embargo. Para aquel salvaje, como le llamaba su hija, la atmósfera de los salones era asfixiante. Bostezaba en la Ópera, ganaba y perdía sin emoción grandes sumas al juego y no estaba contento más que sentado en el pescante de su mail, guiando cuatro caballos del Kentuki, ó á bordo de su yate de mil doscientas toneladas, un verdadero transatlántico tripulado por sesenta hombres y armado de seis cañones, con los cuales hubiera podido defenderse, pero que no le servían más que para saludar á los puertos.

La persona del conde de Sorege le fué antipática desde el primer momento. Aquel personaje circunspecto y glacial que no decía nunca sino la tercera parte de lo que pensaba y no miraba jamás á los ojos de las personas, le desagradaba extraordinariamente. Era el antípoda de su modo de ser. Cuando su hija le participó que se había comprometido con aquel joven, se atrevió á hacer algunas observaciones.

—¿Estás segura, Maud, de que el señor de Sorege es el hombre que te conviene? ¿Has estudiado su carácter y crees no arrepentirte de haberle dado tu palabra?

Miss Harvey expuso tranquilamente á su padre las razones que habían decidido su elección.

—El conde Juan es de buena familia, y en Francia, padre mío, como en todas partes, hay bueno y malo, verdadero y falso. Es necesario no dejarse servir género de pacotilla. Todo el mundo sabe que nosotros, los americanos, no somos inteligentes en muchas cosas, y por eso tratan de hacernos aceptar cuadros copiados, tapicerías rehechas, objetos falsos y nobles sin autenticidad. Es, pues, preciso mirar muy de cerca, informarse, comprobar, para no ser engañado y esto es lo que he hecho. El señor de Sorege está emparentado con todo lo mejor, tiene una regular fortuna, está agregado al ministerio de negocios extranjeros, habla inglés muy correctamente y es un joven muy bien educado… He aquí por qué me he comprometido con él.