—Hay un tren esta tarde; tenemos tiempo de hacer nuestros preparativos, añadió Roussel. Y no nos ilusionemos; va á ser preciso, acaso, emplear la fuerza para dar buena cuenta de la señorita Guichard.

—La emplearemos.

En todo caso, empecemos con precaución, para no poner en guardia al enemigo. Si fuésemos reconocidos, Clementina sería capaz de cambiar de residencia y nuestras pesquisas tendrían que empezar de nuevo.

—Pues bien, si es preciso, nos disfrazaremos. Yo le desfiguraré á usted.

—¡Ah! Por fin te veo animado. ¿Vives ahora?

—Sí, empiezo á esperar.

—Ve á preparar tu maleta. No llevaremos más que lo estrictamente necesario. ¡Nada de caja de colores ni de caballete de campo sobre todo! Un pintor llamaría la atención en diez leguas á la redonda.

—Tiene usted razón.

El joven entró en su cuarto y un instante después, Roussel, con una satisfacción profunda, le oyó tararear.

El castillo de Rouxmesnil es una edificación blanca, perdida entre el verdor de un parque de diez hectáreas y rodeada de muros y de precipicios. Un espeso bosque de hayas centenarias la defiende del viento del mar, que barre furiosamente toda la llanura. Una importante hacienda dependía del castillo, que no estaba habitado hacía mucho tiempo. Al tío Guichard le gustaba esta propiedad, que había heredado de su padre. Pasaba en ella dos meses del año, en la época de la caza. Las llanuras y los bosques que rodean á Rouxmesnil son muy sinuosos. El mobiliario de las habitaciones, conservado tal cual, aunque parecía incómodo y pasado de moda, había vuelto á ser del gusto del día. Estaba formado por aquellas encantadoras maderas estilo Luis XVI, cubiertas de terciopelo de Utrecht, camas, armarios y cómodas de caoba, adornadas con cobre dorado. Los tapices eran antiguas telas de Jouy, de colores amortiguados por el tiempo. El polvo del abandono cubría los muebles. El piso bajo, ventilado solamente dos veces al mes por el jardinero, que al mismo tiempo era conserje, olía á humedad. Pero las ventanas daban á una gran pradera á la que servían de marco hermosas arboledas, y á lo lejos, más allá de la llanura, los bosques comunales de Saint-Victor extendían sus ramas sombrías en las que cantaban los melancólicos cucos.