Al llegar á Rouxmesnil, Herminia, que no había estado allí más que dos veces con la señorita Guichard y llevaba los ojos hinchados de llorar, la cabeza aturdida por el insomnio y el corazón oprimido por el pensamiento de la pena que debía experimentar Mauricio, creyó que entraba en una prisión. Las maderas cerradas hacían reinar una oscuridad húmeda en todas las habitaciones. Un silencio profundo reinaba en la finca y, para colmo de tristeza, una lluvia torrencial, que había empezado en Clères, al salir del tren, borraba el horizonte en una bruma gris.

La señorita Guichard, afectando con Herminia una dulzura llena de compasión, como si acabase de arrancarla al más espantoso peligro, daba órdenes á la doncella que las había acompañado, y decía en su habitual tono de mando:

¡El departamento de Herminia, ante todo! Que esta querida niña tenga enseguida un sitio para descansar! ¡Tiene de ello tal necesidad después de semejantes emociones!... Envíe usted á buscar gentes á la quinta ... Quiero que dentro de dos horas esté todo en orden en el castillo ... ¿Cómo te sientes, querida hija mía? ¡Esperarás el almuerzo!...

—¡Oh! No tengo apetito ninguno, tía ...

—Es preciso comer, niña querida, para ponerte en estado de soportar la prueba ...

—Pero, tía mía, ¿qué prueba? preguntó Herminia con irritación.

—¡Paciencia, hija mía; ya lo sabrás todo! Entonces comprenderás la infamia de que ibas á ser víctima y yo contigo ...

—¡Una infamia!... ¡De Mauricio, es imposible!

—No era él el culpable ... Pero el abominable mentor que le dirige! Dejemos estas explicaciones para después; sabes que puedes contar con mi afección ... ¡No te abandonaré jamás!

Herminia ahogó un suspiro. La perspectiva de no dejar nunca á la señorita Guichard no era á propósito para tranquilizarla. La señorita Guichard sin Mauricio, ó Mauricio sin la señorita Guichard; tal era la disyuntiva que se ofrecía á su pensamiento, y en aquella hora no era posible dudar: hubiera querido estar con Mauricio.