Había sido preciso todo el ascendiente moral que ejercía sobre ella su bienhechora, y un poco, también, la violencia material, para impedirla saltar del coche cuando había visto aparecer á Clementina en lugar de su marido. Clementina tuvo necesidad de cogerla por la cintura, sin dejar de dirigirle los más violentos reproches. Hasta París, Herminia no había hecho más que sollozar. Toda la noche había estado inquieta en el lecho, regando las almohadas con sus lágrimas. Por la mañana había sido aún necesario violentarla para llevarla al ferrocarril.
Y ahora, en aquel antiguo castillo, frío, húmedo y desolado, continuaba rebelándose. No lo hacía en voz alta, porque tenía miedo á su tía, pero en el fondo juzgaba severamente su manera de obrar. La sublevación moral de la joven era tan visible, que Clementina se creyó obligada á algunas explicaciones. No esperaba encontrar tal energía en aquella delicada rubia que había obedecido tan perfectamente desde que dependía de ella. ¿Pero qué importaba la resistencia á la fogosa Clementina? Á los que la resistían, los aniquilaba. Roussel y Mauricio sabían algo de esto.
Condujo á Herminia á una habitación del primer piso y abriendo vivamente las persianas, dijo:
—Esta es la habitación que yo habitaba en otro tiempo, cuando vivía el tío Guichard ... Te la doy, hija mía ... Comunica con otro cuarto que será, para tu marido cuando haya cesado de enfurruñarse y venga á reunirse contigo.
—¿Podrá, entonces, venir?
—Sin duda alguna.
—Pero, ¿sabe que estamos aquí?
—Voy á escribírselo yo misma, inmediatamente.
—¡Oh! Déjeme usted ese cuidado, tía mía, exclamó la joven.
—Eso no sería ni correcto ni conveniente, contestó Clementina. Parecería que te sustraías á mi jurisdicción y que hacías concesiones, cuando es él quien debe hacerlas ...