—¡Oh! tía mía, nada más que una palabra al final de la carta ...

—Una palabra, sea, dijo la señorita Guichard, pensando que, después de todo, un ruego de Herminia activaría la sumisión de Mauricio. El pobre muchacho está tan mal aconsejado que sería capaz de no venir.

—¿Lo cree usted?

—Lo creo todo mientras Roussel esté cerca de él. ¡Ese hombre es su genio malo!

Saltó, dejando á su sobrina entregada á sus reflexiones. El plan que había formado era muy sencillo. Por segunda vez quería obligar á Mauricio á adquirir compromisos y el primero sería renunciar á Roussel. ¿No accedía? pues no tendría á su mujer. Había que elegir: ó venía á buenas y cumplía siquiera la mitad de sus promesas, caso en el cual la dicha de Roussel estaría muy comprometida, ó no cedía, y entonces era fácil hacer pasar su resistencia por egoísmo, por indiferencia, y procurar una disensión entre los esposos. En el primer caso, Clementina triunfaba y continuaba siendo omnipotente; en el segundo, se vengaba terriblemente de los que hablan intentado burlarla, y esto era también una victoria.

En sus nuevas posiciones se creía muy fuerte; casi invencible. Por de pronto, su Rouxmesnil le parecía inexpugnable. Para llegar hasta Herminia sin permiso y sin entrar por la puerta grande, había que escalar el muro, franquear el foso y atravesar el parque, y el guarda, prevenido, rondaría constantemente. El arrendador de la hacienda le había prestado un perro que vigilaba de día y era feroz de noche. Por último, Clementina llamaría á Bobart en su ayuda. En semejantes circunstancias tenía necesidad de los consejos jurídicos y de las artimañas de aquel práctico astuto.

Le escribió enseguida. Á Mauricio le escribiría al día siguiente: convenía que el tiempo calmase su cólera y produjese el desaliento. Por la mañana, en efecto, entró en el cuarto donde Herminia había acabado por dormirse con un sueño febril y puso una carta sobre la mesa, diciendo:

—Lee y añade lo que quieras.

—La carta era amistosa, decía á Mauricio que se esperaba su llegada y terminaba así: "He olvidado el daño que ha querido usted hacerme, porque sé muy bien que no obedecía usted á sus propias inspiraciones, y estoy pronta á acogerle como á un hijo respetuoso y sumiso." Herminia no echó de ver con qué pérfida habilidad habían sido escogidos los términos de esta carta para herir á Mauricio, á quien se trataba como un niño por la que tan duramente acababa de hacerle sentir su autoridad. La joven no vió más que la llamada á su marido y esto bastó. Cogió una pluma y al pie de la carta escribió. "Ven, mi querido Mauricio, te espero con mucha impaciencia. Cree que soy toda tuya." Ardía en deseos de añadir: "Te abrazo y te amo," pero no se atrevió. Firmó con letra un poco alterada, porque el corazón le latía y le parecía que arriesgaba su vida en este momento. La señorita Guichard cerró el sobre y dijo:

—Tú misma darás la carta para que la pongan en el correo al ir á esperar á Bobart.