—Claro está. ¿Crees que vamos á vivir como dos prisioneras? No nos ocultamos, porque no hemos hecho nada malo.
Sin embargo, Herminia vió muy bien que se adoptaban todas las precauciones para que ella no pudiese tener comunicación alguna con el exterior. Por la tarde llegó el desagradable Bobart. Comió y enseguida se encerró con la señorita Guichard. Herminia se refugió en su habitación y con la ventana abierta soñó, contemplando la luna que aparecía por encima de las hayas y las plateaba con su luz. Una paz profunda reinaba en la campiña. Solamente los buhos hacían oir en los abetos su grito monótono y triste.
La joven pensó que acaso estaba destinada á vivir siempre en aquella soledad y aquel silencio. Si Mauricio no acudía; ¿cómo conseguir reunirse con él? ¿Quién los aproximaría? ¿Quién disiparía todos aquellos errores interesados? ¿Cómo caerían los obstáculos acumulados por voluntades hostiles? Una gran tristeza se apoderó de ella y rodaron sobre su cara gruesas lágrimas, lentas y amargas.
Era cerca de media noche cuando subieron Clementina y Bobart. Herminia cerró la ventana, se desnudó, hizo su oración, rogando al cielo que la devolviese su marido, y se durmió más calmada. Por la mañana se presentó para el almuerzo y tuvo que sufrir los cumplimientos insidiosos del ex-abogado. Durante el día Clementina propuso un paseo por el parque, pero á Herminia le pareció un suplicio pasear entre Bobart y la señorita Guichard. Pretextó una jaqueca y se quedó.
Pasó este día y el siguiente en una profunda ansiedad y prestó el oído á todos los ruidos del camino creyendo á cada instante ver llegar á Mauricio. Todas las noches se acostaba con el corazón oprimido, diciéndose: "¡Mañana será!" Y el día siguiente no traía tampoco noticias del marido esperado, que no venía.