Al cabo de cuatro días Herminia empezó á sentir cierto despecho. Verdaderamente, Mauricio era muy indiferente ó muy orgulloso. ¡Qué! ¿No podía decidirse á venir al lado de su mujer? ¿Estaba tan ofendido por su partida en la noche de la boda? ¿No debía creer que no lo había hecho por su voluntad? Sin embargo, no perdía la esperanza.
Observaba siempre al guarda en acecho y oía ladrar al perro feroz todas las noches. Su tía le lanzaba maliciosas miradas como queriendo decirla: "¿Eh? Ahí tienes tu amor, mira lo que es ... ¡Su intensidad no es bastante para hacer olvidar á un hombre su amor propio ofendido!" ... Cuando la hablaba la llamaba con afectación: "Mi pobre hija" con un tono de lástima que molestaba extraordinariamente á Herminia.
La señorita Guichard empacaba á pensar seriamente que Mauricio estaba resuelto y no volvería y esto la agradaba en extremo, porque era la separación y el divorcio asegurados. Le pareció que seria buena política redoblar su cariño por la joven y mostrarle alguna confianza. Sin aflojar la vigilancia exterior, dejó á la joven algo más libre en el parque. La invitó á que se paseara, diciendo:
—Toma el aire, anda. De otro modo caerás enferma, y ¿qué dirá tu marido cuando se decida á venir?
Herminia no respondió y sonrió tristemente.
Hacia cerca de una semana que estaban en Rouxmesnil, cuando una tarde, en que se paseaba á lo largo de un foso que daba sobre la llanura, la joven vió al pasar, echado en un campo de trigo, un hombre de blusa, con el sombrero apabullado, que dormía á pierna suelta, á consecuencia, sin duda, de algunas copas de aguardiente. Iba á pasar con alguna repugnancia, cuando el borracho se volvió lentamente de lado, levantó el brazo que le ocultaba la cara y debajo de aquellos sórdidos harapos y en aquel hombre echado en el polvo, Herminia reconoció con estupor al señor Roussel, que la dijo en voz baja:
—¿Está usted sola?
—Si; pero, ¡cuidado! me vigilan siempre.
—Lo sé. Hace seis días que rondamos la propiedad.