—Un ronquido sonoro respondió á las lamentaciones humanitarias de Bobart. Herminia dejó al ex-abogado y volvió al castillo.
Si no hubiera estado vigilada, hubiera cantado, tan alegre tenía el corazón. En un segundo todo había cambiado para ella. El porvenir, antes tan negro se había vuelto de color de rosa. Mauricio, á quien creía indiferente y orgulloso, era tierno y amante. No había pensado más que en reunirse con ella y ciertamente, en cuanto hablase con él cinco minutos, se presentaría en el castillo. Se puso á reír sola pensando en la figura tan graciosa que hacia Roussel echado en el césped y vestido como un harapiento, él, á quien había conocido de punta en blanco el día de la boda ... Después se preguntó porqué todas aquellas precauciones y tan raras estratagemas. ¿La situación era, pues, más complicada de lo que había pensado?
Reflexionando sobre esto, relacionó el disimulo de Mauricio y de Roussel con la vigilancia ejercida por la señorita Guichard; y los disfraces de los unos le pareció que correspondían exactamente á las medidas de la otra. Rondas y perros feroces por la noche, y paseo de Bobart con una escopeta al hombro ... Herminia pensó: "No sé exactamente lo que pasa; no comprendo la razón precisa de los actos de mi tía. Hay algo muy grave y yo corro un peligro."
Su imaginación se exaltó y llega á una situación verdaderamente novelesca. Se figuró que era una joven princesa guardada estrechamente en una torre por crueles tiranos; una Pía de Tolomei, á quien amigos devotos se esforzaban en libertar. Y no tuvo más que una idea, la de facilitar la misión de los libertadores. Ante todo, quería ver á Mauricio, hasta con una barba gris. Dió vuelta alrededor del castillo, entró en el patio de honor y llegó hasta la mohosa verja, que daba á una gran calle de castaños. Miró con interés y no vió á nadie que pudiera dar la más remota idea de Mauricio disfrazado. Á cien metros de la entrada estaba un viejecito sentado sobre la cerca de madera de un prado y un enorme perro gris se revolcaba en el polvo. El hombre no se movió ni hizo señal alguna de haberla reconocido. Al cabo de algunos segundos Herminia se decidió á alejarse y al volverse, vió, en una ventana del primer piso á la señorita Guichard, que la miraba. Juzgó necesario hacerla un saludo gracioso con la sombrilla y continuó lentamente su paseo, pensando: "Acaso ese viejecito era mi marido. Habrá visto á mi tía y no se habrá atrevido á moverse. Tengamos paciencia y esperemos á mañana."
El resto del día no le pareció largo; ya no se aburría. Su vida estaba llena por un interés inmenso. Llegó hasta á no disimular bastante y estando Bobart y su tía hablando cerca de la chimenea, Herminia rompió á reír sola de un modo tan repentino y tan poco justificado, que la señorita Guichard levantó los ojos con severidad y dijo agriamente:
—¿Qué te pasa, hija mía? ¿Somos, acaso, Bobart y yo, más cómicos de lo que habíamos creído?
Herminia se quedó helada y permaneció muda durante toda la velada, pero las sospechas de Clementina se habían despertado y, cuando la joven se fué á sus habitaciones, preguntó:
—Dime, Bobart, ¿no has observado nada anormal alrededor del castillo? Esa alegría repentina de Herminia es muy singular ... Tenía esta tarde una cara tan regocijada ... ¿No habrá recibido alguna advertencia ... alguna noticia?...
—Nada he observado, querida prima, que pueda justificar tus temores ... ¿Quieres que haga venir al guarda?
—Te lo agradeceré. Tengo inquietudes ... Me parece presentir la presencia de Roussel en estos alrededores.